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MDP Archivo 2004 Enero 04

Mensaje de Paz
Edición de Enero de 2004
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Índice
Del yoga al Evangelio
Estar en la presencia de Dios
¡Vivir con un Juez o vivir con tus padres?
La separación
La ofrenda de Timmy
Solución


Del yoga al Evangelio

Armando se había dedicado al estudio de las ciencias psíquicas. Pasaba su tiempo libre estudiando astrología y practicando karate. Mientras más ahondaba en su investigación, más se sentía atraído por una sensación nueva que no conseguía dominar. Trató de expresar sus sentimientos mediante la música, la pintura y la poesía, pero sólo conoció el desengaño. Entonces partió para la India para buscar la paz allí, donde encontró solamente la miseria. De vuelta en Francia se entregó a la práctica del yoga.

Durante los años que siguieron, aspiró a una vida pura y recta sin alcanzarla nunca.

Entonces descubrió la Biblia. La leyó de una punta a la otra. No sacó ningún provecho de esa primera lectura. Volvió a leerla por entero y, poco a poco, vino a ser para él una palabra viviente. “Empecé a entender –dijo él– que Dios busca a los hombres, pero que entre ellos y Él se levanta un obstáculo: el pecado”.

Decidió volver con su mujer y su hijo a Pondichery, India, donde uno de los yoguis más influyentes de nuestra época fundó su propia escuela. “Pero algo había cambiado en mí –dijo él. Era como si el yoga no me concerniese más. Permanecía insatisfecho. Todo en el yoga es personal, egocéntrico y busca hacer del hombre un superhombre”. Sintió entonces que debía abandonar ese camino, volver a Europa y, ante todo, a la Biblia.

Lo hizo junto a su familia y hallaron –por fin– la tan buscada paz y serenidad en Jesús, el único que podía dárselas.

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

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Estar en la presencia de Dios

Antes del pecado original Adán y Eva mantenían con Dios una relación exenta de miedo. Como consecuencia de la desobediencia de ellos dos, ha surgido un profundo abismo entre Dios y el Hombre, porque Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo no puede tener ninguna relación con el pecado. Isaías 59:2 lo expresa así: “Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír.”

Sin embargo, gracias al sacrificio de Jesucristo, el Hijo de Dios, se nos fue abierta la puerta para reestablecer la íntima relación con Dios; así lo expresa Zacarías en su canto de alabanza por el nacimiento de Juan el Bautista, según Lucas 1:74-75: “…que, librados de nuestros enemigos, sin temor le serviríamos en santidad y en justicia delante de Él, todos nuestros días.”

El Hombre es por naturaleza muy proclive a adaptarse a las multitudes. Como actor ha logrado ocultar sus propias flaquezas y faltas, por supuesto, solamente ante los hombres, pues estar en la presencia de Dios quiere decir estar compenetrado con Jesús, vivir intensamente Su palabra y amarlo más que a nadie en el mundo, como nos relata Lucas 14:26-27 “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.”

Responsabilidad personal ante Dios

Todos nosotros tenemos que responder personalmente ante Dios de las acciones de nuestra vida. Nadie podrá culpar a otras personas por los pecados que uno mismo ha cometido. En Romanos 14:12-13 se nos dice: “De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.”

Para nosotros poder verdaderamente estar en la presencia de Dios, tenemos que conocer la idea bíblica de Dios, y así poder entender que ni estando en pecado por hechos cometidos antes, ni viviendo actualmente en pecado, ni tampoco pensando que por medio de nuestras buenas obras, podemos nosotros mantenernos ante la presencia de Dios. Nuestros pecados e injusticias nos separan de Él. Es pues, imprescindible tener la disposición  para la conversión personal, así como para el reconocimiento y alejamiento de la vida pecadora, de lo contrario se mantiene eternamente la ira de Dios sobre nosotros. Pero quien recibió el perdón y la salvación por medio de la sangre de Jesús y su resurrección, puede entonces tener una relación cordial y afectuosa con el Padre y con el Hijo. Esta mutua relación está marcada por el amor del Padre Celestial, como nos lo explica Juan 16:27: “Pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios.”

Este amor divino marca ahora también la relación con nuestros semejantes, como lo expresa la epístola a los Colosenses en su capítulo 3, versículo 17: “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él.”

Responsabilidad ante Dios en el seno de la familia

Dios mismo fundó el matrimonio y con ello la familia. También Él enfatizó en los Diez Mandamientos la importancia de la relación entre los padres y los hijos. Satanás, el Confundidor, quiere destruir a la familia sana que es la base de la comunidad y del estado; por tal motivo está siempre nuestra familia bajo la protección divina en las enseñanzas bíblicas. En el Antiguo Testamento también se menciona frecuentemente en relación con la educación el castigo corporal, el cual sólo se refiere a los niños, y que más tarde ha de ser sustituido por la enmienda y la dirección, como nos relata Colosenses 3:21: “Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten.”

En 1Timoteo 5:8 vemos que la familia junto con Dios ha de ser la primera prioridad, y por eso nos dice: “Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo.”

Factores importantes a tener muy en cuenta en el seno familiar son:

– Tener tiempo el uno para el otro, inclusive en familias numerosas.

– Mostrar aprecio y recíproco amor.

– Ser ejemplo.

– Reafirmar y dar fe de la unión con los padres.

– Y sobre todo vivir en estrecha relación con Dios (Hebreos 12:10 y Santiago 1:5).

Si nuestros hijos consagran y dedican su vida a Dios, queramos ser humildes y venzamos nuestros criterios personales, apoyándolos en su determinación y comprendiendo que solamente está actuando la gracia y la bondad de Dios en el corazón de cada uno de ellos.

También pidamos sabiduría en nuestro trato con familiares incrédulos para saber mantenernos bien alejados de sus criterios, y a la vez, poder ganarlos para Cristo.

Responsabilidad ante la Iglesia de Dios

El correcto comportamiento en nuestras relaciones dentro de la comunidad de los creyentes nos lo da el estar conscientes de que “Dios está en la reunión de los dioses; en medio de los dioses juzga” (Salmo 82:1).

Como miembros de la comunidad (Juan 10:2):

– Dejémonos guiar por la Palabra de Dios.

– Oremos por los responsables (Colosenses 4:3).

– Sostengamos a los débiles y vigilemos a los marginados (1Tesalonicenses 5:14).

– Anhelemos primero lo que está allá arriba (Colosenses 3:2).

– Corramos firmemente hacia la eterna meta (1Corintios 9:24).

Puesto que Dios ninguna acepción de personas hace (Efesios 6:9), no favorezcamos nosotros tampoco en nuestra comunidad ni a nuestra familia ni a nuestros parientes en detrimento de los demás hermanos en Cristo. La historia de Elí y sus hijos (1Samuel 2) nos sirve de aviso, a fin de que tomemos muy en serio la responsabilidad entre Dios y la comunidad, mientras esperamos la venida de nuestro Señor Jesucristo, como se nos relata en 1Tesalonicenses 5:23: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.”

Max Schlumpf

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¡Vivir con un Juez o vivir con tus padres?

Ante esta pregunta el niño de esta historia ficticia quedó anonadado. Él había acusado a sus padres, los reyes de Imaginlandia, de no dejarlo comer todos los dulces que –como heredero de la corona– él tenía derecho a pedir. Los acusó también de que ellos le exigían que estudie y que se esfuerce cuando él tenía –como príncipe– la capacidad de ordenar a sus súbditos que le hicieran la tarea y hasta de que sacaran las cuentas de matemáticas por él. Incluso un día, presentó como prueba, que su propia madre le dio un chirlo en las nalgas para que se alejara de una vez por todas del enchufe eléctrico de la pared, donde estaba jugando con una aguja de tejer. Esto ya era inaudito, él, el heredero de todo el reino de Imaginlandia con todos sus animales, su gente y sus tierras, no podía seguir soportando tanto desparpajo de parte de sus padres. Por lo tanto, había pedido su separación definitiva.

Los padres del niño príncipe quedaron sorprendidos ante tal pedido, pero acudieron al Juez del reino, quien tomó la decisión de reunirlos con el niño y preguntarle delante de ellos cuál sería su opción final.

El pequeño miró los ojos escrutiñadores del Juez, un hombre al que conocía como implacable a la hora de hacer justicia, ojos redondos y blancos sin ninguna luz de piedad, que lo miraban fijamente esperando su respuesta, luego se volteó y miró los ojos de sus padres, los reyes, a quienes no se les distinguían muy bien, pues estaban brillosos y empapados en lágrimas, que no se animaban a salir aún.

El niño príncipe no respondió. Saltó corriendo de la silla donde estaba sentado frente al Juez y corrió a los brazos de su madre, que lo esperaba para aferrarlo contra su pecho, mientras el rey los abrazó a los dos.

Esta historia es imaginaria, pero qué real resulta muchas veces, cuando nosotros, pensamos que Dios, nuestro Padre celestial, nos trata injustamente. “Nada menos que a nosotros – nos decimos interiormente – que leemos las Escrituras, que asistimos regularmente a la Iglesia y que somos tan buenos. ¿Acaso no puedo permitirme un lujo? ¡Esto es injusto!”. No importa la edad que tengamos, a veces, actuamos como niños. Sería bueno que nos pongamos a reflexionar acerca de por qué Dios nos impide que podamos hacer algo, y recordemos siempre la opción que tuvo que soportar el niño príncipe: vivir bajo la autoridad de quien nos ama tanto que es capaz de impedirnos hacer algo incluso en contra de nuestra voluntad, o vivir bajo la justicia de nuestros propios derechos y de una mirada que todo lo juzga y todo lo condena, según lo que nosotros consideramos correcto. La opción es totalmente nuestra. La alternativa más sabia, es correr a los brazos de Jesús. Él nos espera dispuesto a abrazarnos y a amarnos tal cual lo ha prometido desde el principio de nuestra vida. “Porque tú formaste mis entrañas, tú me hiciste en el vientre de mi madre” (Salmo 138:13).

Lee Hebreos 12:3-11.

Hugo Alberto Díaz

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La separación

Uno de los temas más preciosos de la Biblia es el de la separación, asunto indispensable para el que quiere servir al Señor.

Siempre hay entre nosotros creyentes nuevos, mayormente jóvenes, y existe el peligro de que sean mal orientados. Han oído que otros se han preparado en Seminarios o Escuelas Bíblicas, y piensan que todo se reduce a un aprendizaje mental y que el cerebro debe grabar el significado de pasajes bíblicos que los ayuden a preparar sermones o mensajes donde transmitirán lo aprendido. Pero no es así. No sólo la mente, sino sobre todo el corazón define nuestra “espiritualidad”.

La separación es indispensable

La solemne verdad es que Dios usará sólo a personas separadas, ya sea para cumplir un determinado plan Suyo o para pastorear, edificar y alimentar a Su pueblo. Dios usará a un joven vendido como esclavo: José, de vida separada; y también a un intelectual y conocedor de idiomas como Pablo, cuando éste pudo decir: “Aquellas cosas que me eran ganancia, yo las he tenido por pérdida… A causa del conocimiento de Cristo, lo he perdido todo y lo tengo por basura” (Flp 3:7-8). Lot era un creyente, pero por no vivir una vida separada perdió todos sus bienes y a su esposa en Sodoma; fue salvo “así como por fuego”. (Gn 13:11-13; 19:24-26, 37-38; 1Co 3:15.) Abraham, en cambio, cuando Dios lo llamó se separó de todo. Le costó un poco al principio, pero obedeció. Fue llamado “amigo de Dios”, y “padre... de los que siguen las pisadas de la fe…”. (Gn 12:1-4; He 11:8; Ro 4:11,12; Stg 2:23.)

Esta separación abarca distintos aspectos que afectan el testimonio del creyente e influyen en la vida del que anhela servir al Señor.

1)      Separación de todo lo que significa “nuestra pasada manera de vivir.” (Ef 4:22-24; 1P 4:1-5) – Considérese bien: Las deudas económicas y ciertas consecuencias de pecados hechos antes de la conversión, se pagarán aún después. (Ro 13:8; 2S 12:11-14; 16:21-22)

2)      Separación de los males religiosos: tradiciones, sectas, hechicerías y curanderismo, sean ejercidas por dinero o gratuitamente. (Mt 15:3-9; 2Ti 4:1-5) – Cuidado: Con frecuencia tales prácticas son mezcladas con prácticas “por el espíritu de Dios” o en “nombre del Evangelio”. (Mt 7: 21-23; 2Co 11:14)

3)      Separación de todo yugo desigual: social, comercial, matrimonial, etc. (Pr 1:10-11, 14- 15; 2Co 6:14-18 ¡nunca unirse en matrimonio mixto entre creyente e incrédulo!) – Atención: Hay consejos para matrimonios mixtos, contratados antes de la conversión: 1Co 10:10-16.

4)      Separación personal de todo contacto con “muerto” (inconverso), lo que significa “adulterio espiritual”. (Nm 19:13; Stg 4:4.) – Pero: Como creyentes amamos a los que “todavía” no siguen al Señor Jesucristo y somos leales con ellos (2Co 5:11), pero no compartimos la mentalidad de ellos (1Jn 3:1b).

Todas las leyes ceremoniales del Antiguo Testamento hacen hincapié sobre la diferencia entre puro e impuro, santificado o vil. Todo ello, básicamente, es la cuestión de la separación.

Ejemplos de personas separadas

El Espíritu Santo ha unido en antigüedad a tres hombres de Dios, destacando su vida de separación. Ellos son: Noé, Daniel y Job.

¿Cómo vivieron estos tres varones? Cuando se corrompió “la tierra…, y estaba llena de violencia” y Dios determinó destruir a los pecadores por medio del diluvio, Noe se separó de ellos. (Gn 6:9,13; Heb 11:73) Cuando en la Cautividad nacionales y extranjeros debían obedecer al rey de Babilonia, Daniel, que conocía a Dios, “propuso en su corazón no contaminarse con la ración de la comida del rey”. Separado por Dios y para Dios, Daniel no podía comer lo “sacrificado a los ídolos” (Dn 1:8; 1Co 8:4-6). Job era un varón separado: “era este hombre perfecto y recto, y temeroso de Dios, y apartado del mal” (Job 1:1; 19:25; 33:32, 33; 42:5-7,10).

José, Pablo, Abraham, Noé, Daniel, Job y muchos otros, fueron ovejas del rebaño del Señor. Personas que transitaron la senda estrecha de separación. El Espíritu Santo nos amonesta a “seguir las huellas del rebaño” (Cnt 1:8). El hermano (o la hermana) que, para el progreso espiritual de la asamblea, quiere hablar de separación, debe ser una persona separada. El que desea disfrutar y hablar del “amor del Padre”, no puede al mismo tiempo “amar al mundo ni las cosas que están en el mundo.” Su palabra no tendría valor alguno. (1Jn 2:14, 15.) La palabra “consagración” en Hebreo, aplicada al sacerdote, significa “el que llenó sus manos” para el servicio del Señor. No puede ser consagrado, él que ya tiene sus manos llenas con “los negocios de la vida”, olvidándose que, cuando el Señor lo salvó, “lo tomó por soldado” (Ex 28:41; 29:9; 2Ti 2:3,4).

Separados en lo terrenal

Una cosa es trabajar para ganar el pan, y hasta para ayudar al que tiene necesidad; y otra muy distinta es que el corazón se llene de “codicias locas y dañosas que hunden a los hombres”. “Teniendo sustento y con qué cubrirnos, estemos contentos con esto” (2Ts 3:7-12; Ef 4:28; 1Ti 6:6-10).

Adaptado

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La ofrenda de Timmy

Timmy es un niñito que vive en Hong-Kong, República China junto a sus padres y su hermano.

Un día Timmy recibió una propina de su abuelita. El domingo por la mañana le pidió a su mamá que le ayudara a separar el dinero para el Señor que él daría a la escuela dominical.

El papá y la mamá de Timmy habían enseñado a su hijo a dar al Señor la décima parte de todo dinero que recibiere. La décima parte que se da se llama el diezmo. Esto quiere decir que si él posee 10 monedas, él da una a la misión cristiana.

La mamá contó la décima parte del dinero que el niño poseía y puso las monedas una sobre otra. Luego le dijo a su hijo: Timmy, si tú amas mucho al Señor Jesús, puedes darle un poco más, como una ofrenda de amor. Timmy entonces tomó unas piezas más y agregó al montón destinado al Señor.

¿Es que para amar al Señor hay que dar todo el dinero como ofrenda? Podemos decir que el Señor no nos obliga a nada, Él sabe que nosotros también tenemos necesidades en nuestra familia. Más que todo, lo que Él quiere es que nosotros le pertenezcamos.

– Pero mamá, dijo el niño, debería darle todo al Señor, si no, Él pensará que no le amo mucho.

Finalmente Timmy hizo un solo montón con la intención de dar todo a Jesús.

– Mi amor, no es necesario darlo todo, si no quieres, le dijo la mamá. El Señor sabe bien cuánto le amas. Y Él quiere solamente los dones que se dan con alegría.

Entonces Timmy retiró una parte del montoncito. Pero cuando vio que la parte del Señor había disminuido, vaciló… luego dijo:

–¡No, mamá! , voy a darle todo al Señor, si no Él va a pensar que yo amo más al dinero que a Él.

De este modo Timmy tomó todo el dinero y lo dio en la escuela dominical para la misión. Saliendo de la escuela le mostró una gran y alegre sonrisa a su mamá:

– ¡Ahora el Señor sabe que le amo más que a nadie!… ¿No es cierto?

Pero de repente Timmy se puso a reflexionar…

– ¡Mamá! dijo con mucha seriedad, ¿es que te molesta saber que yo amo al Señor Jesús más que a nadie… que le amo más que a ti?

Fue el turno entonces de la mamá de mostrarle una bonita y gran sonrisa, mientras le contestaba:

– ¡No, Timmy!, eso no me molesta en absoluto. ¿Sabes que cuando damos a Jesús todo el lugar en nuestro corazón, es entonces que nosotros amamos aún más a los demás? Si amas al Señor de todo corazón, es seguro que me amas también a mí.

Ahora podemos preguntarnos ¿Es verdad que el que da todo su dinero, ama más al Señor? ¿Y el Señor le ama más porque le ha dado todo su dinero?

– Pensémoslo un momento. Todo lo que recibimos ¿de quién viene? ¿Y el que da más, es mejor? ¿Podemos “comprar” algunos favores de Dios? Y el que da, ¿puede incluso despreciar a los demás?

No, en absoluto, no somos mejores porque damos más. Pero junto a Tommy comprendemos que lo más importante es que Jesucristo nos amó primero, y ahora nosotros le amamos también a Él.

adaptado, Ana Cristóval

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Solución del Acertijo de diciembre:

Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador (Lucas 2:11).

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