MDP Archivo 2004 Febrero 04
Índice
Dios habla hoy
¿Cómo entender la voluntad de Dios?
¿Qué es la Biblia?
Inversión de letras
Juventud que lee la Biblia
Dios habla hoy
En el pasado lejano Dios hablaba a los profetas. Ellos recibían Su palabra en diferentes maneras, algunas veces en sueños, otras veces directamente por una voz del cielo o por otras maneras. Además, a través de muchos siglos, Dios condujo a personas específicas a poner por escrito las Palabras recibidas. – Así se formó el Antiguo Testamento.
Durante el breve período en el cual Jesucristo, el Hijo de Dios, andaba sobre la faz de esta tierra, Dios habló por medio de Él. Los evangelistas y los apóstoles escribieron, por encargo de Dios, Sus obras y Sus palabras, las que por voluntad divina debían pasar inalteradas a las generaciones venideras. Así se formó el Nuevo Testamento y con él se completó la Biblia que es La revelación de Dios a los hombres.
Desde que el Señor Jesucristo ascendió al cielo y sus testigos oculares –los apóstoles– murieron, Dios sigue hablándonos por medio de esa Palabra escrita. Así que ninguno de entre los lectores de estas líneas debe decir que no puede saber nada de Dios. Dios se ha revelado y se revela hoy también, cuando leemos la Biblia.
Todos podemos procurar una Biblia –si no hay otra posibilidad incluso dirigiéndose a nuestras señas– y leyéndola, todos comprenderemos lo que Dios nos dice.
¡Nunca Dios se revelará contrariamente a Su Palabra! (Esto hay que tenerlo bien en cuenta, porque en el mundo hay falsos profetas. Por sus obras y palabras, si son contradictorias a la Biblia, se les desenmascarán.)
Cuando una persona se convierte a Dios –cuando se arrepiente de sus pecados y entrega su vida a Jesucristo, aceptándolo como su Salvador– el Espíritu Santo viene a morar en ella (1Co 6:19). Desde aquel momento, leyendo la Biblia, el Espíritu Santo muestra al creyente como debe aplicar la Palabra de Dios en su propia vida.
De esta manera Dios habla hoy.
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¿Cómo entender la voluntad de Dios?
“Muéstrame, oh Jehová, tus caminos; enséñame tus sendas” (Sal 25:4)
“Vivir” quiere decir “tomar decisiones”. Nuestras vidas son determinadas por ellas. Decisiones tales como elegir una carrera, con quién te vas a casar, comprar una casa o alquilar un apartamento, a qué iglesia asistir y muchas otras son decisiones con grandes consecuencias.
Ya que somos creyentes, es decir hijos de Dios por Su gracia, es importante que tomemos las decisiones que correspondan a esta vocación, y por ende, a la voluntad de Dios.
¿Existen formas o procedimientos determinados para llegar a entender la voluntad de Dios? Se han intentado toda clase de tácticas: pedir a Dios una señal sobrenatural, ayunar, lanzar una moneda, obedecer los sentimientos en vez de la lógica, lecturas bíblicas al azar, dejar que otros decidan por nosotros, pedir una visión o una voz, etc.
Pero usando tales prácticas hay el gran peligro de que se dependa de los propios sentimientos y las impresiones que son subjetivas e irreales. No ofrecen la base sobre la cual se pueda entender la voluntad de Dios.
Por otro lado sabemos que si vivimos conforme a lo que Él nos ha dicho, Él nos mantendrá la promesa: “Te haré entender y te enseñaré el camino en que debes andar…” (Sal 32:8).
Prerrequisitos
l Debemos ser convertidos y nacidos de nuevo. El Hombre no regenerado por la salvación por medio de Jesucristo es egoísta y en última instancia –aunque tenga forma de piedad y devoción– hará siempre su propia voluntad. Para llegar a entender la voluntad de Dios es condición que uno someta toda su vida a Él. Por esto el Evangelio nos enseña el arrepentimiento, la conversión, la entrega, la obediencia, la fe y el nuevo nacimiento. (Hch 17:30)
l Renovación y santificación: La “experiencia” o el “estado” de nacido de nuevo no nos garantiza la ausencia de voluntad propia y carnal. “No apaguéis al Espíritu” (1Ts 5:19). “No hagáis nada por rivalidad o por vanidad” (Flp 2:3). ¡No amemos el dinero (1Ti 6:1)! Únicamente la interacción continuada del Espíritu de Dios y de Su Palabra nos podrá transformar, santificar y guardar irreprensibles (1Ts 5:24). “Transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro 12:2). “La voluntad de Dios es vuestra santificación: que os apartéis de fornicación” (1Ts 4:3).
l Dar gracias en todo porque ésta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús (Ts 5:18). – Por el contrario, un espíritu descontento está siempre inclinado hacia el egoísmo y será incapaz de discernir la voluntad de Dios.
l Hacer bien: Otra voluntad de Dios bien anunciada es: “Ésta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos…” (1P 2:15).
Si no estamos dispuestos a practicar estas decisiones divinas directamente descritas, entonces no deberíamos engañarnos pretendiendo encontrar la voluntad de Dios en asuntos menos claramente revelados.
Respuestas bíblicas
La Biblia da respuestas directas. Además de los “prerrequisitos” ya estudiados –a los cuales añade “ésta es la voluntad de Dios”–, la Biblia también enseña explícitamente sobre la gran mayoría de los temas de nuestra vida. Dice por ejemplo, que no debemos codiciar las cosas de los demás (Ex 20:17), ni tener deudas (Ro 13:8). Estas dos reglas ya responden a una cantidad de “descubrimientos” sobre la voluntad de Dios.
El lector de la Biblia, deseoso de conocer la voluntad de Dios, encontrará en su lectura sistemática muchas respuestas claras. Pero hay que conocer la Escritura y trabajar con ella. Hay que buscar los temas y contextos del asunto en cuestión, hay que comparar las ideas paralelas y analizar si las respuestas son compatibles con los principios generales de la Biblia.
Estudiando de esta forma, uno se da cuenta de que la Biblia ofrece también respuestas indirectas. Conociendo la causa, el motivo y la finalidad de muchas reglas y amonestaciones de la Biblia, se llega a vislumbrar y ver cierto paralelismo en los temas tratados.
También es importante asimilar los principios bíblicos.
Naturalmente, aplicar las respuestas indirectas y los principios bíblicos requiere mucha sabiduría. Demanda también la humildad porque los hermanos en la fe, quizás, en la misma cuestión llegan a otra respuesta, la cual hay que valorar y quizás hasta renunciar a “nuestra verdad”, pues la gran mayoría de nuestras diferencias, si supiéramos enfrentarnos a nuestras propias inclinaciones, se solucionarían fácilmente.
El proceso práctico
Jorge Müller resumió en un escrito titulado “Cómo hallar la voluntad de Dios” lo que era su experiencia:
1. Primeramente procuro que mi corazón no tenga voluntad propia sobre el asunto en cuestión. Muchos cristianos yerran en este asunto. El noventa por ciento de las dificultades son vencidas cuando nuestro corazón está dispuesto a hacer la voluntad de Dios, cualquiera que ésta sea. Cuando nuestro corazón está así dispuesto, usualmente no lleva mucho tiempo el saber la voluntad de Dios.
2. Habiendo hecho esto, no dejo el resultado a las emociones o a la simple impresión. De hacerlo, me expondría a grandes equivocaciones.
3. Busco la voluntad del Espíritu de Dios a través de o en conexión con la Palabra de Dios. El Espíritu de Dios y la Palabra de Dios armonizan. Si miro al Espíritu sólo, sin la Palabra, me expongo a grandes equivocaciones. Cuando el Espíritu Santo nos guía, siempre lo hace de acuerdo con las Escrituras y nunca en oposición a ellas.
4. Entonces tomo en cuenta las circunstancias providenciales. Éstas, a veces, indican claramente la voluntad de Dios en concordancia con su Palabra y su Espíritu.
5. Pido a Dios en oración que me revele exactamente Su voluntad.
6. Después de orar, estudiar la Palabra de Dios y reflexionar, hago mi decisión de acuerdo con mi mejor conocimiento y capacidad. Si mi mente está en paz y si continúa en paz después de dos o tres peticiones, llevo a cabo mi decisión.
Tanto en cosas triviales como en asuntos importantes, he hallado que este método es siempre efectivo.
Juan U. Kunz
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Biblia I
¿Qué es la Biblia?
Estando almorzando en la cafetería de la universidad oí la siguiente conversación entre dos estudiantes que estaban sentados en la mesa contigua a la mía.
“Oye, Enrique, como el fuerte tuyo es la Historia Universal, dime si Evangelio quiere decir Biblia o Palabra de Dios. Pues ayer mi novia me dijo que leyera la Biblia. Sin embargo, cuando comemos en su casa, siempre su padre habla de la Palabra de Dios, pero mi madre me habla preferentemente de los Evangelios.”
“Escucha, Jorge, Bib1ia es el conjunto de escritos que tienen el máximo valor religioso en el judaísmo y en el cristianismo. La palabra Biblia se deriva del griego “biblía”, plural de “biblíon”, que significa “librito”. Por lo tanto, la Biblia es una pequeña biblioteca. Nosotros –los cristianos– reconocemos que la Biblia se compone de dos grandes secciones, llamadas Antiguo y Nuevo Testamentos. Lamentablemente los judíos sólo reconocen el Antiguo Testamento.
La Biblia trata de las relaciones entre Dios y el hombre. Mediante la Biblia Dios se revela a Sí mismo, dando a conocer Su voluntad y Su propósito redentor, por eso la Biblia es la historia de la salvación. Nos muestra la acción poderosa de Dios en la historia humana. Dicha acción se realiza especialmente en la vida de un pueblo, el pueblo de Israel. Para darse a conocer a los hombres, Dios se valió de seres humanos inspirados por Su Espíritu Santo. Los autores de los escritos de la Biblia utilizaron el lenguaje que hablaba el pueblo al cual cada uno de ellos pertenecía y al que se dirigía el mensaje, en la época en que ellos escribieron. Debido a ello los libros de la Biblia que forman el Antiguo Testamento se escribieron primeramente en hebreo y arameo, y los del Nuevo Testamento en griego. Diferentes autores escribieron los libros de la Biblia en el curso de más de mil años. La Biblia contiene poesía, himnos y cantos, así como declaraciones proféticas. En ella también hay narraciones de sucesos históricos y relatos que sirven de comparación o ejemplo, llamados parábolas. Hay igualmente conjuntos de leyes para la vida pública y privada, y especialmente para el culto, y para la instrucción moral y religiosa. Contiene también dichos sabios, proverbios y consejos prácticos. En el Nuevo Testamento hallamos, además, cartas escritas a iglesias, grupos e individuos.
Aunque se considerare simplemente como joya de la literatura universal, la Biblia es un libro incomparable. Pero para los judíos y para nosotros, los cristianos, es muchísimo más: por su inspiración divina y por la suprema importancia de su tema central que es la salvación de la humanidad, es un libro único, el Libro por excelencia. Lo mismo judíos que cristianos, en el transcurso de los siglos, hemos escuchado en ella la voz de Dios, que nos habla directamente, en su propia época y situación particular. Su mensaje ha demostrado un poder no igualado para cambiar la vida humana, así individual como social. Por eso cuantos hemos experimentado ese poder transformador y damos de él su testimonio al mundo, sabemos que la Biblia es la Palabra de Dios.
El Antiguo Testamento comprende tres grupos de libros: los que forman el Pentateuco o Libro de Moisés (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio), los Históricos y los de los Profetas. En total son 39 libros relativos a la religión, a la historia, a las instituciones y a las costumbres de los judíos.
El Nuevo Testamento, nombre que equivale a Nuevo Pacto, es el libro que trata de Jesucristo, en cuya persona y obra redentora ofrece Dios a Su pueblo un pacto nuevo. Este pacto se basa en las buenas noticias –que es lo que en griego quiere decir la palabra Evangelio– de que Dios llega al hombre en la persona de Jesucristo, y en Él ofrece 1a salvación a todos los hombres –de cualquier pueblo y nación que sean– que confíen en Él como Señor y Salvador.
El Nuevo Testamento contiene 27 libros reconocidos como de inspiración divina, escritos por unos diez autores en el curso de alrededor de 50 años. Los cuatro primeros escritos son los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan que relatan los principales hechos y enseñanzas, y la muerte y la resurrección de Jesucristo; a continuación están Los Hechos de los Apóstoles, las Epístolas y el Apocalipsis.
De donde, Jorge, terminando de contestar tu pregunta te respondo que cada uno de los cuatro Evangelios más los otros 62 libros del Antiguo y Nuevo Testamento son parte de la Biblia que es la Palabra de Dios.”
Fernando Torres
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Acertijo
Inversión de letras
Las letras internas de las palabras están invertidas; ¿cuál es el versículo y dónde está escrito en la Biblia?
No os corofnimés a etse mudno, snio tornsafromas por miedo de la ravoinócen de versuto etinenitndemo, praa que cibrompéos cául es la benua vatolnud de Dois, aldabagre y prectefa.
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Testimonio de un docente
Juventud que lee la Biblia
“¿Quién sabe si para esto has llegado allí?” (Biblia, libro de Ester, cap. 4, vers. 14).
Esa pregunta le hizo Mardoqueo a la reina Ester cuando vio que ella mostraba cierta debilidad a la hora de salir en defensa de su pueblo amenazado con el exterminio a manos de la gente de Amán. Era un llamado a la acción y un repentino cambio de punto de vista.
Ella había dicho, cuando se enteró de esto, que ahora que era reina debía cumplir con ciertas condiciones propias de su cargo de gran importancia. En otras palabras, no podía hacer lo que ella quisiera y presentarse así como así ante el rey. Hubiera corrido el riesgo de que la mataran, según lo ordenaba la ley.
Pero la situación era desesperada. No era tiempo de andar con finezas y excusas. Mardoqueo con esa pregunta la hizo reflexionar en lo más profundo de su ser. Ella era judía, y era a su propio pueblo al que ahora amenazaban de muerte. Que se crea gran reina ahora no debía hacerle olvidar de dónde Dios la había sacado. De todos modos, Mardoqueo, previendo otra excusa de Ester, le advierte que, si ella no actuaba, de otro lado vendría la salvación para los judíos.
Recuerdo con mucha alegría los días en que enseñaba este texto a mis alumnos del colegio secundario donde enseño Lengua y Literatura. Este libro fue el que me inspiró a dar la Biblia como texto obligatorio en mi asignatura, y de alguna manera, me sentí identificado con Ester. Cuando deseaba estar frente al alumnado, le pedía a Dios esa ayuda, y ahora que estaba junto a muchos jóvenes y adolescentes, ni siquiera les hablaba del Señor.
El régimen educativo, la enseñanza “laica”, el “que dirán” y otras tantas razones ponía como excusas para no dar la Biblia en las clases, escondiendo así lo que en realidad era temor y comodidad. La pregunta de Mardoqueo fue un llamado de atención de parte de Dios para mi vida: ¿Quién sabe si para esto has llegado allí? Esa sola pregunta golpeó fuerte mi orgullo de docente y me di cuenta de que Dios tiene planes para cada uno de nosotros en el lugar que Él escogió con anterioridad. Reflexioné que nada podemos sin Él, y que todo tiene un propósito en la vida de un creyente.
El Señor me había puesto allí para incentivar a los alumnos a que leyeran la Palabra, y los resultados fueron sorprendentes. Tanto que, al igual que Ester, las cosas salieron mejor que lo planeado. Alumnos que jamás habían leído la Biblia quedaron maravillados con esa historia. Festejando lo que le pasó a Amán con sus ínfulas, vi chicos de conducta muy difícil, leyendo con gran concentración la Biblia y hasta “peleándose” para que el otro terminara de leerla pronto para seguir él, e incluso explorando otros libros que yo no les había ordenado.
Lo mismo pasó con los proverbios, que les daba pie para reflexionar sobre la conducta de ellos mismos y de las personas de su barrio. Caras sonrojadas, risas tímidas y comentarios sumamente interesantes por la historia de las artimañas de la mujer ramera, los consejos sobre la economía y tantos otros. El comentario general de todos los chicos que nunca habían tenido en sus manos una Biblia era: “yo creí que era más difícil”. La idea generalizada de parte de muchas personas es que la Biblia es un libro complicado, pero es todo al contrario.
El Señor habla a través de Su palabra, se “revela”; esto en hebreo significa “mostrarse o destaparse”. Cuando leemos la Biblia es cuando podemos “tocar” los pensamientos de Dios y su carácter amoroso y justo. Así que, desde el lugar que estés, te invito a que te leas –e incentives a leer– la palabra de Dios. Habla con citas bíblicas y no te avergüences de llamarte cristiano. Leamos más la Biblia, y diremos como Jeremías, pero en tiempo presente: “¡Cuando se me presentan tus palabras, yo las como; tus palabras son para mí el gozo y la alegría de mi corazón, porque tu nombre se invoca sobre mí, oh Dios de los ejércitos!” (Jeremías 15:16).
Hugo Alberto Díaz
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