MDP Archivo 2004 Marzo 04
Índice
Superstición
El camino del artesano
¿Quién es nuestro guía?
Génesis
¿Qué sucede si no usamos nuestra Biblia?
Acertijo: Solución del mes de febrero
Superstición
Si por casualidad llega a visitar la célebre iglesia de Santa Sofía en Estambul (ciudad y puerto antiguamente conocidos bajo el nombre de Constantinopla, a orillas del Bósforo, en Turquía), la guía les invitará –sin duda– a expresar un deseo delante de una determinada columna, la cual tendrá que tocar y así logrará ser oído y complacido en la petición formulada.
El punto “milagroso” y reconocible durante los 15 siglos de la historia de este monumento es un agujero de diez centímetros que ha sido excavado en el granito por el roce cariñoso y continuado de millones de dedos.
Falsas esperanzas que también acarician dramas interiores, promesas frívolas o serias formuladas en lo recóndito del corazón: ¡qué inmensidad de miseria humana y de desilusiones cuenta ese simple agujero en la piedra, figura afrentosa burlesca de la impotencia del hombre para dar respuesta a sus profundas necesidades!
“¡Costumbre inocente! –dirá alguno– Nadie cree en eso, mientras tanto, probar no cuesta nada”. E introduce el dedo como todos…
¡Seamos cuidadosos! Estas prácticas están inventadas por aquél que es maestro en el arte de manejar multitudes y de ofrecer de este modo una falsificación de ruego, oración o plegaria. La intención de Satanás es la de desviar al hombre devoto de Dios, para que crea en cualquier cosa que no sea la Palabra de Él.
“¡Ay del que dice al palo: ‘Despiértate’; y a la piedra muda: ‘Levántate’! ¿Podrá acaso enseñar? Aunque está cubierto de oro y plata, no hay espíritu dentro de él” (Habacuc 2:19).
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El camino del artesano
Hace algunos años vivía en las praderas de un país vecino un artesano bastante entrado en años pero, que a pesar de eso aún conservaba la suficiente agilidad en sus manos para hacer las más hermosas obras de artesanía muy valoradas por conocidos y extraños que –atraídos por su fama– venían desde lejos para hacerle encargos especiales de pintura y trabajos en madera.
Una vez un cliente llegó desde una ciudad a pocos kilómetros de su casa. Su aspecto era amable y llevaba una túnica negra que cubría su cuerpo. Este hombre le trajo un dibujo de una hermosa mujer mirando al cielo con rostro de contemplación. “Ella es una Santa” –le dijo el hombre– “y la Mayor de todas, porque está arriba en los cielos”. Y el artesano quedó admirado del relato que de la vida de ella hizo el misterioso cliente. Su asombro fue mayor cuando escuchó el encargo que deseaba que él llevara a cabo: una estatua con el rostro de la mujer del dibujo.
Muchos días pasó ante el retrato y usó muchos trozos de madera escogida, que destruía y volvía a tallar para lograr el más exacto parecido con el rostro de la mujer del dibujo. Era invierno y –por momentos– sus dedos se entumecían por el frío que sostenía el escarpelo, así que tomaba algunos de esos trozos de madera y los arrojaba a la estufa de su estudio para trabajar aún por las noches, pues tenía que entregar ese trabajo a tiempo. Por fin, el día había llegado, la estatua estaba terminada. Verla tan real le hacía sentir al artesano que estaba ante una persona auténtica, tanto que deseaba que ella pudiese mirarlo con esos hermosos ojos, pero nada, la estatua permanecía inmóvil, ajena –como buen trozo de madera que era– a todo lo que ocurría a su alrededor.
En ese momento escucha que alguien toca a la puerta de su casa, era el misterioso cliente, vestido igual que la vez anterior, pero con un rostro que denotaba un no disimulado entusiasmo por ver la obra terminada, por lo que el artesano se apresuró a mostrársela con un dejo de orgullo en su interior. Agradeció al artesano por su labor, y luego de pagarle bien por su tarea, lo invitó a la celebración que habría en su pueblo el mes entrante. Viendo la alegría que en el hombre despertaba su estatua, el artesano le pidió más información sobre la mujer, y el cliente le dijo que no tenía en ese momento otros datos sobre ella, pero que mientras tanto podía leer un libro que por casualidad llevaba en su bolsillo. Después se despidieron cortésmente.
El artesano era amigo de la lectura, las historias de caballeros lo llevaban a vivir aventuras que lo alejaban de la rutina diaria, pero nunca había leído un libro tan especial y que ganara su atención con historias tan fascinantes que lograran atrapar de tal forma su interés. El libro de que se trataba era la Santa Biblia.
Pero el artesano quería saber más sobre la mujer y de ella no encontró mención alguna en el Libro, hasta que llegó a un capítulo que lo dejó atónito porque hablaba de unos artesanos –como él– que se vieron envueltos en un gran alboroto en una remota ciudad llamada Efeso. Era en el libro de Hechos de los Apóstoles, capítulo 19 versículos 23 al 29. Allí leía el artesano que en dicha ciudad había un platero llamado Demetrio que hacía de plata templecillos de Diana, y daba no poca ganancia a los artífices, y que un día reunido con otros artesanos dijo: “Varones, sabéis que de este oficio obtenemos nuestra riqueza, –claro que sí, se dijo el artesano mientras seguía leyendo– pero veis y oís que este Pablo, no solamente en Efeso sino en casi toda Asia, ha apartado a mucha gente con persuasión, diciendo que no son dioses los que se hacen con las manos. Y no solamente hay peligro de que este nuestro negocio venga a desacreditarse, sino también que el templo de la gran diosa Diana sea estimado en nada, y comience a ser destruida la majestad de aquella a quien venera toda Asia, y el mundo entero. Cuando oyeron estas cosas –seguía leyendo el artesano– se llenaron de ira, y gritaron, diciendo: ¡Grande es Diana de los efesios! Y la ciudad se llenó de confusión y a una se lanzaron al teatro, arrebatando a Gayo y a Aristarco, macedonios, compañeros de Pablo.”
Al llegar a ese punto del relato, el artesano cerró bruscamente el libro y recordó que en un pasaje anterior ya había leído una advertencia contra los que hicieran esas cosas como las de los artesanos de Efeso (en Deuteronomio 5:6). Y levantando la vista miró el almanaque colgado en la pared: “¡Jesús!”. Era el día que el extraño cliente le invitó a la fiesta que harían en su ciudad y, si se apresuraba, podía llegar para evitar lo que en su corazón, luego de leer ese libro, le parecía previsible que ocurriera.
El artesano viajó raudamente a la ciudad de su cliente y al llegar, ante sus ojos atónitos se encontró con mucho movimiento de personas que parecían participar en un desfile. Ante lo que ya le parecía un hecho, se abrió paso entre la gente hasta llegar a la cabeza del gentío, donde pudo contemplar con profundo dolor lo que ya imaginaba: la estatua que él había construido era llevada en andas por varias personas, mientras otras le tiraban flores y trataban de tocarla con sus manos. Delante de la marcha estaba el extraño cliente que le había encargado el trabajo, cantando y alentando al público a seguirlo. El viejo se paró en medio del camino de frente a su antiguo cliente, vestido de negro y le gritó: “¡Alto!” El hombre de la túnica se le acercó y le agradeció que hubiera venido a adorar la imagen de la santa. Y el artesano le dijo a viva voz: “¡Yo no he venido a adorar una imagen de madera que construí en mi taller por el dinero que usted me pagó! ¡Yo he venido a decirle, a usted y a todos los que están aquí, que dejen de enfurecer a Dios con sus abusos! ¡El camino se llama Jesucristo! ¡No es mi estatua!”
El hombre de la túnica negra quedó turbado por estas palabras y entre la gente empezó a haber un gran alboroto que le hacía recordar al artesano el escándalo en Efeso. El disturbio fue tan grande que el artesano a penas logró huir en medio de la multitud. Y desde entonces recibe en su casa la visita de muchas personas de lejanos lugares que piden que les hable de su Camino. El artesano ahora es un viejo muy feliz que continúa viviendo en las praderas del vecino país, y ha tenido que fabricar muchas sillas para sus huéspedes que siempre lo visitan para oír de sus labios que Jesús es El Camino.
Hugo Alberto Díaz
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¿Quién es nuestro guía?
En este texto quiero tocar la parte espiritual –o mística– del ser humano. Todos tenemos una dimensión insondable de imaginación, de sensación o percepción sobrenatural, de anhelos íntimos y de “refugios” para nuestras emociones. Hay quienes buscan ayuda por medio del mundo invisible. Y todos hemos ya oído hablar de “espíritus buenos” y “espíritus malos”, quizá sin creer realmente en ello.
Si existe otro mundo invisible ¿quién puede guiarnos en esa “jungla inmaterial”? Mirando superficialmente se piensa: bueno, mi religión hace de guía segura. Otros –quizás por experiencias negativas o por conocimiento de ciertos datos– no se fían de las religiones. Entonces muchos optan por guiarse a sí mismos por medio de su instinto o por el sano juicio.
Yo, personalmente debo decir que mi propio corazón no puede ser mi guía espiritual porque es increíblemente contradictorio y engañoso. Este defecto se debe a su origen… que remonta al pasado lejano…
La historia de mis hermanos mayores
Mi hermano mayor –confieso que yo tengo la misma mentalidad suya– un día de su vida se propuso expresar profundamente su reconocimiento a Dios, ofreciéndole un donativo de mucho valor. Pero –y es un “pero” sumamente trágico– en aquel mismo día mi hermano mató a nuestro segundo hermano. Lo hizo por envidia y por odio. ¡Qué falso puede ser un corazón “religioso”! ¡Inaudito! ¡Tremendo!
Yo que soy su hermano y como lo conozco muy bien, no dudo de la sinceridad de su deseo religioso. Pero al mismo tiempo sé que cometió el crimen con plena conciencia y por odio auténtico. ¡Qué contradictorio –o falso– es el corazón humano!
Para quien no conociera a mis hermanos: el mayor se llama Caín y el que ya no está se llamó Abel. Y el que está leyendo también es uno de los hermanos menores de ellos. Encontramos nuestra historia en Génesis, capítulo cuatro.
No nos engañemos. Nuestra calidad ética y espiritual no nos garantiza que no seamos peligrosos o malos. Y esto a pesar de que nos sentimos “en orden” con nosotros mismos y con Dios. ¡Nuestro corazón nos engaña! Toda la raza humana, todos sin excepción estamos extraviados espiritualmente desde el pecado original. Carecemos de la capacidad de orientación espiritual. De repente confundimos lo malo con lo bueno. Ineludiblemente tenemos la necesidad de un guía infalible.
¿Quién nos guía?
Principalmente hay dos guías que se nos ofrecen: Dios y Satanás. Dios es la Verdad y Satanás es el falsificador. Dios habla por medio de Su palabra muy clara. Por el contrario Satanás –para seducir a nuestra progenitora Eva– usó un animal creado por Dios con una apariencia particularmente sugerente e inocente –la serpiente– como portador de su “bendición”. Y esa “bendición” en realidad ha sido la pérdida más trágica de todos los tiempos.
Dios se revela directamente por medio de Su palabra y por medio de Su Hijo Jesucristo. Al contrario el enemigo de las almas usa objetos, personas y ritos, rayos, espíritus y fuerzas originalmente ideados por Dios, pero los usa para engañar y dañar al Hombre. No hace falta decir que Satanás presenta esos medios como “buenos”, “consagrados”, “limpios”, “inocentes”, “de virtud”, etc. Es su vieja táctica.
El engaño se nos presenta en forma aparentemente limpia y halagadora. Las flores, las estrellas, el sol y la luna, un mechón de pelo de una persona amada, la figura de un santo, la cruz, la imagen de la madre de Jesús, alguna reliquia, etc.
Como ya he dicho, para saber si estas cosas son “buenas” o no, no puedo confiar en mi propio corazón ni en lo que le parezca a la otra gente. (Ellos tienen el mismo corazón.) Es muy peligroso “vivir a mi antojo” o como muchos dicen, “soy cristiano, pero a mi manera”. – ¿Qué, si esa manera corresponde a la manera de Satanás?
Todos estos objetos usados como “medios” –bendiciones o maldiciones– son trampas puestas por el mismo diablo.
El único guía
Hay un único guía infalible: Dios mismo, nuestro Creador.
Estimado lector: ¿sabe usted que la Biblia es el libro de Dios? ¿Usted lo lee? ¿Usted lo pone en practica? ¿O lo ignora?
“Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, acreditándolo ante todos al haberlo levantado de los muertos. “ (Hechos 17:30-31).
¿Estamos siguiendo a nuestro Guía, al Señor Jesucristo?
Juan U. Kunz
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Biblia II
Génesis
“¿Pastor, cuando alguien dice Pentateuco Uno, Génesis o Primero de Moisés, están hablando de lo mismo? Verdaderamente tengo dudas. ¿Podría aclarármelas, por favor?”
“Con mucho gusto, Luis. Comenzaré diciéndote que Pentateuco –del griego, “pente”, cinco; y “teukos”, volumen– es el nombre del conjunto de los cinco primeros libros de la Biblia que se llaman Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio y fueron escritos por Moisés, legislador hebreo y la figura más importante del Antiguo Testamento, cuyo nombre significa Salvado de las Aguas.
Génesis, por lo tanto, es el primer libro de la Biblia. Significa “origen” o “comienzo”. Relata el principio del universo, del género humano y de la civilización, y finalmente, el origen de Israel, el pueblo del Pacto.
En tiempos en que predominaba la creencia en muchos dioses y en que las cosas creadas eran consideradas como potencias divinas, el Génesis proclamó un Dios único y eterno, creador de todo cuanto existe. Este libro establece desde el principio la relación de Dios con el hombre creado por Él, a quien confía el dominio del mundo y para quien quiere el bien y la felicidad a cambio de obediencia y fidelidad. También relata el origen del pecado y el sufrimiento del hombre cuando éste prefiere su propia voluntad a la voluntad de Dios. Narra además como, ante la rebelión y el pecado del hombre, Dios comienza a actuar en la historia con el propósito de redimirle.
Génesis es el cimiento del Nuevo Testamento, donde es citado más de sesenta veces en 17 libros. Las raíces de toda revelación divina siguiente han sido plantadas muy hondo en este libro, y todo aquél que desee comprender verdaderamente dicha revelación debe comenzar estudiándolo.
La inspiración del Génesis por el Espíritu Santo y su carácter de revelación divina se autentican fundamentalmente por medio de las afirmaciones del Señor Jesucristo (Mt 19:4-6; 24:37-39; Mr 10:4-9; Lc 11:49-51; 17:26-29 y 32; y Jn 1:5; 7:21-23; 8:44, 56).
Consta de cinco temas principales: I. Creación (1:1-2:25), II. Caída y redención del hombre (3:1-4:16), III. Las distintas descendencias –Cain y Set– hasta el diluvio (4:17-7:24), IV. Desde el fin del diluvio hasta Babel (8:1-11:9) y V. Raíz del pueblo israelí, comenzando con la estirpe de Abraham, Isaac y Jacob, la historia de los hijos de Jacob, José y sus hermanos; la emigración de Jacob y su familia a Egipto, y los comienzos de la nación israelita en ese país. En todo este relato, el protagonista es Dios mismo, que juzga y castiga a quienes hacen lo malo, pero protege, guía y ayuda a quienes lo aman y obedecen. Este libro comienza con la afirmación de que Dios creó el universo y concluye con la promesa de que Dios no dejará de cuidar de su pueblo (11:10-50:26).
Luis, aclarando definitivamente tus dudas. ¡Sí, están hablando de lo mismo! Pues , al ser el Génesis el primero libro del Pentateuco, es posible que alguien lo llame Pentateuco Uno, aunque no es usual. Sin embargo, sí es muy usual llamar Primero de Moisés al Génesis.”
Fernando Torres
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¿Qué sucede si no usamos nuestra Biblia?
¿Es importante que leamos la Biblia? ¿Es importante hacer lo que Dios nos dice en ella?
Sí, lo es. Pero hay gente que piensa que no necesita leer la Biblia ni obedecerla. Tienen la idea de que pueden encontrar por sí mismos todo lo que necesitan saber. No entienden lo poco que pueden saber de Dios por sólo pensar en Él.
¿Creéis que alguna vez sabríais, sin leer la Biblia, cuánto aborrece Dios vuestros pecados? ¿Acaso sabríais que Jesucristo murió por vuestros pecados, sin leerlo en la Biblia? Es cierto que otro podría leéroslo o contároslo, pero en cualquier caso no lo sabríais de no estar en la Biblia.
Debemos leer cuidadosamente todo lo que la Biblia dice y obedecer todo lo que se escribió para nosotros. Al leer la Biblia debemos darnos cuenta que algunas partes fueron escritas para los que vivieron hace mucho tiempo. Por ejemplo, algunas partes se escribieron para decirles a los hijos de Israel que edificaran altares y que sacrificaran en ellos distintas clases de animales. Si hacían eso, Dios les perdonaba sus pecados. Actualmente ya no necesitamos sacrificar animales porque el Señor Jesucristo, que es el Cordero de Dios, fue sacrificado por nosotros una vez y para siempre cuando murió en la cruz. Ya no tenemos necesidad de ningún otro sacrificio.
Aunque las partes de la Biblia que se refieren a estas cosas no tenemos que obedecerlas hoy, es muy útil e importante leerlas porque nos explican mucho acerca del plan de Dios, de su amor y de Jesús. Por eso es tan importante leer y estudiar toda la Biblia.
Una mujer que se dedicaba a vender verduras y frutas, mientras esperaba que vinieran a comprar, leía su Biblia.
Un día un hombre le preguntó:
– ¿Qué está leyendo usted?
– La Palabra de Dios, respondió ella.
– ¿La Palabra de Dios? ¿Quién le dijo que es la Palabra de Dios?
– Él mismo lo dijo.
– ¿Pero ha hablado usted con Dios? ¿Puede probarlo?
La mujer se sintió un poco confundida, pero le dijo mirando hacia arriba:
– ¿Puede usted probar que hay un sol en el cielo?
– Seguro, dijo el hombre, la mejor prueba es que me calienta y que puedo ver su luz.
– Pues lo mismo pasa conmigo, respondió la mujer. La prueba de que este Libro es la Palabra de Dios es que hace que mi alma sienta calor y felicidad.
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Preguntas sobre el texto:
1. Si no hubiéramos leído la Biblia, ¿qué cosas sabríamos acerca de Dios?
2. ¿Qué cosas importantes nos dice la Biblia acerca de Dios que no podríamos encontrar en ninguna otra parte?
3. ¿Por qué no debemos obedecer aquellas partes de la Biblia que hablan de matar animales cuando pecamos?
4. ¿Por qué es importante que leamos estas partes de la Biblia?
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Acertijo: Solución del mes de febrero
“No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2).
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