Portada
Niños
Archivo
2003
2004
2005
Enero 04
Marzo 05
Abril 05
Mayo 05
Junio 05
Jul/Ago 05
Sept. 05
Octubre 05
Noviembre 05
Diciembre 05
2006
2007
2008
Quiénes somos
Suscribirse
Contacto
Divulgación
Ofrendas
Pasatiempos
Enlaces
MDP Archivo 2005 Jul/Ago 05

Mensaje de Paz
Edición de julio / agosto de 2005
Descargar la versión gráfica PDF

Índice
Un cielo muy breve
Dios los creó a Su imagen, varón y hembra
Tentado... no cedas
La batalla de todos nosotros
Segundo Libro de Crónicas
Sopa de letras
Limpieza en la juventud


Un cielo muy breve

Un personaje considerado importante en la sociedad tenía una mujer cuya paciencia no tenía límites, y él no hacía nada más que abusar de esa virtud. Para demostrarle a uno de sus compañeros hasta qué punto ella le estaba sujeta, se presentó con él en su casa en medio de la noche, al volver del bar. Ella ya estaba acostada, pero se levantó inmediatamente.

– Haznos algo de comer, exigió él, grosero.

Sin proferir la menor queja, ella se apresuró a obedecer.

Mientras preparaba la comida, su marido lucía una sonrisa de satisfacción, pero su compañero se volvió pensativo. Cuando la mesa fue puesta, éste se dirigió hacia la mujer diciendo:

– Señora, la admiro, con cuanta docilidad usted satisface este capricho de su marido.

– Señor, le contestó ella con tristeza, es el único cielo que él tendrá, ¡y es muy breve!

Obviamente, esa mujer tenía para si la seguridad de otro cielo, de la gloria eterna junto con Jesucristo.

Esta edición de Mensaje de Paz trata otro tema, el de la sexualidad, que para muchos también es un “cielo” muy engañador y corto, y a veces se practica al precio de otros que sufren. – Sin embargo, Dios tendría para cada hombre y cada mujer un plan bien definido y maravilloso.

Lea usted con corazón abierto e íntima honradez los textos de esta edición.

Al índice


Dios los creó a Su imagen, varón y hembra

¡Se convive por amor! ¿Para qué contraer matrimonio?

Cuando se habla de asuntos controversiales relacionados con la ética o la moral, considerando el estado de las cosas en la sociedad actual, experimentamos una sensación de desánimo o de abatimiento, porque es como hablar en el desierto, sin posibilidad de ser oído, porque los que escuchan son los que ya están convencidos, mientras que los que deberían escuchar no quieren oír, o no les interesa lo que tengamos que decir. Pero a pesar de este cuadro sombrío es nuestro deber declarar lo que dice Dios en su palabra en cuanto al matrimonio.

En la sociedad en la que vivimos nos encontramos con un creciente fenómeno de devaluación del matrimonio. Para unos, el matrimonio es una simple formalidad que tiene que cumplirse para tranquilidad de los familiares y padres. Para otros, el matrimonio es un simple trámite administrativo para definir el estado civil de las personas. Para otros, el matrimonio es la oportunidad para recibir regalos de los invitados a la boda.

Si se aman... ¡Pues que se casen!

Esta expresión hace referencia a la manera de pensar de muchos hoy en día. Se cree que el matrimonio se fundamenta en el amor de los contrayentes. Esto es parte de la verdad, pero no es toda la verdad. Muchos jóvenes no lo entienden así y piensan que basta con quererse para formar un matrimonio, que la ceremonia del casamiento está por demás, porque ya se quieren. No es suficiente que los contrayentes se amen o se quieran para que se casen, sino que hace falta algo más para que dos personas, un hombre y una mujer puedan casarse. Además de quererse deben reunir otros requisitos. Esto se hace muy evidente en la ceremonia matrimonial en la cual no se pregunta a los novios si se aman, esto se supone, sino que se les pregunta si quieren casarse, esto implica adquirir un compromiso, que no es lo mismo que amarse.

El amor no es suficiente. El matrimonio no es sólo una ceremonia o un contrato, sino que es un acto de la voluntad de darse el uno al otro de manera total y para siempre. Es lo que podríamos llamar un compromiso de amor. La palabra compromiso es clave en el matrimonio.

El modelo establecido por Dios

Dios creó al hombre a Su imagen y semejanza. Luego Dios hizo a la mujer y la trajo al hombre. Es muy probable que tan pronto el hombre vio a la mujer que Dios le había traído, haya querido tomarla como esposa. Si lo hubiera hecho, hubiera sido la primera pareja en unión libre en la historia. Pero Dios no se lo permitió. Es como si Dios hubiera dicho al hombre: Espera un momento. Antes de tomar a tu mujer es necesario establecer el marco ideal para que un hombre tome a una mujer como esposa. Fue entonces cuando Dios instituyó el matrimonio. Aparece en Génesis 2:24 donde dice: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” Eso da a entender que el matrimonio es un compromiso solemne ante Dios por el cual el hombre cambia su situación familiar y social en general. Deja de depender de sus padres y pasa a formar una entidad independiente con su esposa. Además, el hombre se compromete a unirse a su mujer. Es una decisión voluntaria de entregarse a su mujer en todo sentido, en espíritu, alma y cuerpo. Es equivalente a pegarse el uno al otro con un pegamento tan fuerte que impide cualquier ulterior separación sin que se dañen las partes. Las naciones del mundo reconocen esta unión como la institución llamada matrimonio. Cuando se ha efectuado este compromiso solemne, Dios hace una obra milagrosa. De dos personas diferentes, un hombre y una mujer, Dios hace “uno”. Serán una sola carne.

El modelo quebrantado por el hombre

Cuando el hombre ignora el modelo establecido por Dios y simplemente por amor, o por cualquier otro motivo, se une a una mujer, está viviendo en fornicación. Esta palabra significa el uso del sexo fuera del marco establecido por Dios que es el matrimonio.

Conclusión

Si un hombre en verdad ama a una mujer, no tendrá problema en hacer un compromiso solemne ante Dios, de dejar padre y madre, y unirse a la mujer que ama, casándose con ella, de modo que lleguen a ser una sola carne.

David Logacho (www.labibliadice.org)

Al índice


Tentado... no cedas

No importa contra lo que usted esté luchando, sepa que no está solo, que no es la única persona que tiene dificultades para tomar las decisiones correctas. La tentación ha sido definida como “la atracción a cometer un acto imprudente o inmoral, especialmente por una recompensa ofrecida”. Eso es lo que hace que el proceso de tomar una decisión produzca mucha tensión. La buena opción puede parecer poco atractiva superficialmente, en tanto que la negativa tiene un atractivo especial.

¿Por qué parece tan bueno?

Cuando aceptamos el hecho de que Cristo ya pagó por el pecado y confiamos en Él como salvador, oficialmente hemos muerto al pecado. ¿Qué quiere decir esto? Muerto significa que el pecado ya no tiene poder para forzarnos a hacer o pensar nada (Ro 6:1-3, 10-14). Por supuesto que el pecado todavía existe como influencia, pero su reinado ha sido destruido; tiene acceso a nosotros, pero no autoridad sobre nosotros. Somos libres para optar en contra del pecado; su dominio ha sido destrozado.

El atractivo es real

Es importante entender que nuestros deseos naturales nos fueron dados por Dios y que son legítimos. Por ejemplo, no hay nada malo en querer comer. Pero cuando queremos comer más, o menos, de lo que debemos, o queremos estar a la moda, aunque de alguna manera perjudique nuestro cuerpo, el deseo es ilegítimo. Siempre que sobrepasamos los límites del amor que Dios ha estipulado entramos en terreno pecaminoso.

La primera reacción cuando caemos en tentación es culpar a otra persona o atribuirlo a defectos de nuestra personalidad. “Mi amigo me empujó a hacerlo”, tratamos de explicar; o: “Así me educaron mis padres; no puedo evitarlo”. Esa táctica de desviar la responsabilidad hacia los demás no es nueva. Cuando Dios buscó a Adán en el Huerto del Edén después de haber pecado, Adán culpó a Eva (Gn 3:12).

¿Por qué hacemos esto? Es difícil admitir que el problema está en nosotros. Es probable que muchas veces hayamos oído la excusa: “El diablo me obligó a hacerlo”, y que nosotros mismos la hayamos usado. En efecto, frecuentemente Satanás juega un papel en la tentación; pero esa frase simplemente no es verdad.

Satanás jamás puede obligarnos a hacer. Su poder se limita a la manipulación y al engaño (2Co 11:3; Jn 8:44). Puede impulsarnos a tener muchos deseos de hacer o decir algo, pero literalmente no puede forzarnos a hacerlo.

Conclusión

No importan ni la presión, ni los incentivos, ni los detalles atractivos, la Escritura dice claramente que nosotros somos los responsables de nuestro pecado y nadie más. Cuando somos tentados, podemos decir sí o no; la decisión es nuestra. Y pese a la influencia fuerte y negativa de la tentación podemos hacer la elección correcta con la ayuda de Dios. Al reconocer la verdadera naturaleza del conflicto, estamos preparados para poner la Palabra de Dios en acción ante cualquier desafío (Mateo, capítulo 4, versículos 1-11).

Aldo Alterio, Revista Momento de Decisión, abreviado

Al índice


La batalla de todos nosotros

Nadie de nosotros ha elegido su sexo. “¡Es una mujer!”, “¡un varón!”, comprobó la partera. Y creciendo nos hemos identificado con nuestro sexo (o asimilado nuestra condición).

En la cristiandad radica una idea muy errónea, y es que “el varón es la corona de la Creación”. La Biblia dice que al haber creado el varón, tanto Dios como el hombre advirtieron una imperfección. Sólo con la mujer, la creación se pudo completar. “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; VARÓN y HEMBRA los creó” (Gn 1:27). Así que cuando la Biblia habla de “hombre” en general, siempre se refiere al varón y a la mujer.

Y Dios quería ser la tercera –o la primera– persona en esa unión.

Por el pecado, esa “tercera persona” fue expulsada; con consecuencias fatales para la unión.

Acciones ilícitas

El hombre no tiene derechos superiores frente a la mujer.

¡Es terrible, cuando los esposos engañan! ¡Tremendo cuando niñas y mujeres son víctimas del pecado de los varones! No hay excusas que justifiquen las violaciones, humillaciones y subyugaciones. La Biblia declara: “pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios” (Heb 13:4). Y en la actualidad hay que denunciar todos esos pecados y aplicar a los culpables severos castigos y adecuadas correcciones.

Miradas y fantasías ilícitas

Pero muchas personas que son las primeras en acusar a esos indecentes reos, en sus propios corazones están cultivando el mismo pecado. Además hay que decir que los que ya cometieron actos inmorales –los que no sólo los pensaban–, aunque fueran castigados severamente, sus corazones no se limpiarían, pues el ser humano, sin Cristo, ¡continúa siendo esclavo del pecado!

Pero quien tiene a Cristo como su salvador, aunque no está libre de tentaciones, con Cristo tiene consigo el Vencedor sobre todo pecado.

Lamentablemente muchos hombres creyentes no acuden a este Vencedor. Se engañan pensando que si miran las mujeres, no dañan a nadie. Se dañan a sí mismos, y también a su esposa o futura esposa. ¡La lujuria no es varonil, sino diabólica! El pecado, es decir la rebelión contra la voluntad de Dios, nace en los pensamientos y después pasa a los actos. Por esto Jesucristo tuvo que decir: “Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mt 5:28).

Este tema no concierne sólo a los hombres. ¡Cuántas mujeres empollan fantasías amorosas! Sueñan con la ternura de un compañero, con el aspecto físico de otro y las experiencias leídas en alguna novela etc. ¡Esto es el pecado del adulterio!

Incluso hay matrimonios que mientras conviven, el esposo imagina acercarse a la rubia que vio en la tele, y la esposa sueña con la unión con otro hombre, real o imaginario, que sea más suave y más comprensible que su esposo. La consecuencia es que cada cónyuge ignora al otro, lo humilla y lo rechaza. ¡Qué tremendos daños!

Pensamientos buenos y lícitos

El Señor nos llamó a una vida diferente. En 1Corintios 7:32-33 la Biblia dice que como creyentes en el Señor Jesucristo, nuestra primera preocupación –lo que tiene que llenar nuestra fantasía– es de cómo agradar al Señor, y de cómo edificar Su reino. Los casados y las casadas, además de esto, tienen que preocuparse de cómo pueden agradar al cónyuge.

Hermano, hermana: Permíteme una pregunta a tu conciencia ya que esta primera obligación es la tuya –y si estás casado también la segunda–: ¿son ellas las que llenan tu mente y tu corazón? Si no es así, tienes que revisar urgentemente tu relación con el Señor Jesucristo.

Esa revisión puede limpiar tu mente de tus obsesiones sexuales impuras, pero sólo si te apoyas en la gracia de Dios, pues únicamente Sus promesas tienen la fuerza para protegerte. Tus promesas, las humanas, no son nada más que la expresión de la buena intención que tienes, pero no te salvan.

Entonces nuestra batalla tiene que ser resumida en “ser hallados en Cristo” (Flp 3:9), de caminar conforme a Su llamamiento y de apoyarnos en Sus promesas. “Y la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Flp 4:7).

¿Conoces tú este tipo de vida en comunión con Dios?

Juan U. Kunz

Al índice


Serie Biblia XV

Segundo Libro de Crónicas

Este Segundo Libro de Crónicas continúa el relato comenzado en el Primer Libro de Crónicas. Consta de dos partes fundamentales más un complemento.

          La primera parte (Cap. 1-9) está dedicada en su totalidad a Salomón, el rey sabio entre los sabios y a su fervoroso empeño en culminar la edificación del Templo. Da a conocer íntegramente su sentida y emotiva oración pronunciada en la solemne ceremonia de dedicación del Templo y la respuesta de Dios a su plegaria.

          En la segunda parte (Cap. 10:1-36:21) se relata la insurrección de las tribus del norte, cuyo resultado fue la constitución de un reino independiente de la dinastía davídica que se asentó en el norte del país. A la historia de este reino del norte, apenas se refiere este Libro y cuando lo hace, se refiere a dicho reino en forma despectiva (Caps. 10:19; 13:1-20). Para el autor sagrado el reino de Judá y la dinastía de David son los únicos que ostentan la legitimidad de las promesas de Dios, mientras que el reino de Israel, nacido de la ruptura de la unidad nacional mancha su fe al abrazar la idolatría, y por tanto, no puede representar nunca jamás al genuino pueblo de Dios.

          En esta segunda parte narra también el Cronista la historia del reinado de cada uno de los veinte reyes de Judá, comenzando con Roboam en el año 931 a.C. y terminando con Sedequías en el año 586 a.C., así como la caída de Jerusalén. En el transcurso de los 345 años que duró el reino de Judá (931-586 a.C.) este Libro nos describe como va en aumento la apostasía, la cual se interrumpe temporalmente por las reformas establecidas por los reyes Asa, 911-870 (Cap. 14-16); Josafat, 870-848 (Cap. 17-20); Joás, 835-796 (Cap. 24); y muy especialmente Exequias, 736-687 (Cap. 29-32) y Josías, 640-609 (Caps. 34 y 35).

          El Libro también hace una breve descripción del exilio en Babilonia, pero lo que es de resaltar en el texto es la conclusión de éste, que puede decirse es la prueba irrefutable de que Dios todo lo puede y que nunca jamás abandona a Su pueblo escogido (Cap. 36:22-23), pues Jehová tocó el corazón de Ciro, el rey de los persas, convirtiéndolo en creyente, y haciendo que éste ordenara la reconstrucción del templo de Jerusalén en Judá, así como que autorizara a que todos los judíos pudieran regresar del exilio.

          Este libro puede dividirse en:

1.       El reinado de Salomón (1:1 – 9:31

2.       La ruptura de la unidad nacional (10:1 – 11:4)

3.       Los reyes de la dinastía davídica (11:5 – 36:23)

Fernando Torres

Al índice


Sopa de letras

NELBASNOPSER
OTCOMCONYUGE
JECOMPROMISO
ONEIBATALLAR
VTSNTHEZEASO
EAOOROAESREB
NCIMAMORPBMA
NIVISBAUOMOR
OOORAREPSERA
RNNTDEULOHPR
AISATNAFSTEI
VRIMOMUJER*M

AMOR BATALLA COMPROMISO CONYUGE ESPERAR ESPOSOS FANTASIA HEMBRA HOMBRE JOVEN MATRIMONIO MIRAR MUJER NOVIOS PROMESAS PUREZA RESPONSABLE ROBAR TENTACION VARON

Tache las palabras encontradas (6 direcciones de lectura). Las letras restantes dan un mensaje. ¿Cuál?

Al índice


Limpieza en la juventud

Cuando un joven o una joven opta por seguir –imitar– al Señor Jesucristo también en su manera de tratar con el otro sexo, es muy probable que sus amigos objeten: “¡No seas tan duro contigo!” o “¡No exageres!; es natural para los hombres ver una mujer; y que te agrade, es parte de nuestra naturaleza.” O a las chicas: “Es natural que te guste estar cerca de los hombres, o imaginarte alguna aventura…”

Pero yo me atrevo decirte que lo que estás haciendo es robar. Y además estás mezclando tus pensamientos con elementos que acrecientan tu tentación. Estás robando imágenes que no son tuyas. Si una mujer bien formada se inclina y tú te deleitas en mirar sus senos, te conviertes en ladrón. O como mujer, buscar gratificación en fantasías con un hombre que no es tu marido, estás apoderándote de algo que no es tuyo.

Cuando tuviste relaciones sexuales antes del matrimonio, tocaste a alguien que no te pertenecía. Es como caminar por la calle detrás de alguien que se le cae un billete de cien dólares y lo recoges y decides quedarte con el dinero en vez de decir: “¡Oiga, señor!”. Tomaste algo que no te pertenece.

Muchos de nosotros no tenemos buenos modelos a imitar, aun en nuestros padres. En el peor de los casos, a nuestros padres no les interesan las normas de Dios. O quizá para justificar sus propios desvíos animan a sus hijos a que vivan ellos también en el pecado.

Tenemos que orientarnos hacia Dios, no hacia los hombres. Por eso el rey David pudo decir: “Más que los viejos he entendido, porque he guardado tus mandamientos” (Sal 119:100). Sabemos que Jesús nunca miró con deseos sensuales a alguna mujer, y nunca usó sus manos para tocar de manera indecorosa. Él actuaba de manera perfecta porque en su corazón había intenciones puras.

Cuando Jesucristo entregaba su vida por nosotros, no lo hizo para que nosotros siguiéramos con la impureza en el corazón. No, Él derrama, incluso hoy, Su Espíritu puro– a los corazones de los que le creen.

Mi amigo, mi amiga, si todavía no conoces esta liberación, entonces no sólo tienes “otras ideas” sobre la sexualidad, sino que todavía te falta la vida verdadera. “Dios no nos ha llamado a inmundicia, sino a santificación” (1Ts 4:7). El acceso a esta salvación con Cristo, es tu arrepentimiento y tu fe, es decir tu confianza y relación personal con Él.

Juan

Al índice



Top