MDP Archivo 2006 Mayo 06
Índice
Perfume cristiano
Olor fragante
Sois la sal de la tierra
Eclesiastés o El Predicador
¿Vas a la moda de Dios?
Sopa de letras
¿Se nota que has estado con Jesús?
Perfume cristiano
¿Qué hace usted cuando su marido está enojado y la molesta?
– Bueno, me esfuerzo en cocinar mejor sus alimentos, y cuando me habla duramente, le contesto con suavidad. Yo sé que el Señor Jesucristo me ama. Él está conmigo y me da suficiente fuerza para hacer todo con amor.
Así lo han hecho muchas mujeres cristianas. De esta manera han honrado grandemente a su Salvador, y se han librado de la amargura y de la desilusión.
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Olor fragante
En Europa, Asia y África, en las zonas templadas vive la abubilla, un lindo pájaro que mide unos 25 centímetros, tiene plumaje rosado con las alas listadas de color blanco y negro, dotado de un penacho de plumas eréctiles en la cabeza.
Se presenta casi como un ave del paraíso, y su aspecto encantador parece simbolizar la limpieza y la virginidad. De esta manera la conocen los que la miran en las fotos.
Quienes la encuentran en vivo reciben otra impresión. La abubilla tiene un olor peculiar y tremendamente desagradable. Tanto el ave como su nido suelen estar tan sucios que pueden ser localizados por el fétido olor que despiden; la hembra, cuando se asusta, segrega un líquido pestilente que produce en su glándula oleosa.
Somos abubillas humanas
Yo, por ejemplo, durante un tiempo me presentaba con orgullo y me creía “agradable”, limpio y despedía ese olor del “si todos fueran como yo…” ¡Qué placer y alivio debían percibir los que me estaban cerca! Estaba llevando mi penacho muy en alto.
Pero yo estaba equivocado.
En un determinado momento los míos, es decir, los de mi familia, me asustaron cruelmente enfrentándome con mi fetidez: ¡Tú eres la causa de nuestros litigios y discordias! Esto era demasiado. ¡Qué injusticia!... Entonces solté acusaciones y maldiciones con gritos, dando puñetazos sobre la mesa… de esta manera di la prueba de que en la especie humana no sólo la hembra tiene esa glándula oleosa, pues yo nuevamente estaba segregando el líquido pestilente del pecado, de mi egoísmo.
Nacer de nuevo
Tiempo más tarde, cuando la palabra de Dios había empezado a penetrar mi corazón y ya percibía una fuerte repugnancia contra mi comportamiento – además me agravaba un peso de culpabilidad por mis muchos pecados, declaré: “Voy a entregar mi vida al Señor Jesucristo”. Una de mis hermanas me acompañó para ir a consultar al “hermano” –uno que anunciaba el Evangelio– y él me ayudó a confesar ante Dios toda mi vida. Lo hice bajo muchos sollozos y con corazón quebrantado. No sólo confesé mis pecados, sino entregué mi vida –pasado, presente y futuro– al Señor Jesucristo.
Al salir tuve que esperar a mi hermana. Para mí fue una completa sorpresa que ella no había venido para acompañarme, sino para convertirse ella también. Para mí ella había sido siempre un modelo, una santa.
En el camino de regreso le dije:
– No comprendo porque tú tenías que convertirte, ya que siempre hacías las paces y confesabas en el mismo día cualquier desarmonía; no me puedo imaginar un pecado tuyo cualquiera.
– Ni tampoco a mí me ha venido ningún pecado a la mente…, pero leí en la Biblia que quien no tiene a Cristo, no tiene la vida eterna. Yo antes no lo tenía a Él, y ahora sé que le pertenezco, y que lo tengo como mi Señor. Mira, hermano mío, yo estaba tan perdida como tú, aunque yo no había hecho sufrir a tantas personas como tú.
Así conversamos, ambos felices por la vida nueva, y yo tuve que comprender que, sin el Señor Jesucristo, el más bondadoso entre los pecadores irá a terminar eternamente en el infierno.
Por este motivo invito a cada lector a que invoque a Jesucristo y se arrepienta de sus pecados, para recibir –sin merecerlo– la vida eterna, así como también la presencia y la dirección del Espíritu de Dios en la propia vida terrenal. Sólo esto da a la vida el perfume verdaderamente agradable.
Juan
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Sois la sal de la tierra
“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres” (Mateo 5:13). Jesucristo mismo dijo estas palabras que nos muestran la importancia y la misión de los cristianos.
La sal da sabor: ¿Qué es una comida sin sal? No sacia, como tampoco satisface una vida sin relación viva con Dios. Como cristianos, siendo la sal de la tierra, manifestamos al mundo la satisfacción de disfrutar del sabor cristiano y así despertamos el deseo en los demás de venir a Cristo y vivir como creyentes.
Los componentes de la sal: la sal se compone de sodio y cloro. Sodio es un mineral precioso mientras que el cloro es un veneno mortal.
Podemos comparar el sodio con Jesucristo, el precioso Hijo de Dios, y el cloro es una imagen del hombre natural y pecador del cual dice la Biblia: “Todos… se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno… veneno de víboras hay debajo de sus labios… quebranto y desventura hay en sus caminos…” (Romanos 3:12-16).
Jesucristo vino a esta tierra, dispuesto a dejar actuar el veneno mortal del pecado en su vida –murió por nosotros– y a unirse con nosotros. El proceso de unión de dos elementos químicos se llama reacción. Y ahora cada uno, que reacciona positivamente al sacrificio de Jesucristo, se asocia con Cristo en una “nueva criatura” –la sal de la tierra.
La sal se disuelve: La sal sólo desarrolla su efecto si se disuelve, especialmente al cocinar. Del mismo modo el reino de Dios solamente se edifica si los cristianos se entregan totalmente.
Es un hecho que la sal, cuanto más fina es, mejor se disuelve. El que quiere ser grande, no sirve para el reino de Dios. ¿Cómo se hace más pequeño el grano de sal? Machacándolo o quemándolo en el horno. Así también los “cristianos de sal” llegan a ser más pequeños ante sus propios ojos y más útiles para Dios al pasar por el horno o el molino de las dificultades.
La sal conserva: En tiempos pasados la sal era uno de los pocos medios para conservar comestibles perecederos, y protegerlos de putrefacción y hedor. En la historia vemos muchas veces que Dios bendijo a todo un pueblo porque había “cristianos de sal” entre ellos. De esta manera protegían al mundo de la corrupción moral y todavía del juicio divino.
La sal escuece en las heridas: Aquí tenemos otro efecto de los “cristianos de sal”. Como Cristo les ha perdonado los pecados, ellos no quieren más correr en el desenfreno de la disolución. No se adaptan a la opinión del mundo, sino demuestran el nivel espiritual que Dios les ha concedido. Su testimonio escuece en las heridas de la conciencia de los impíos y de los cristianos dispuestos al acuerdo mundano.
La sal funde el hielo: En el invierno se echa sal por las calles para que funda el hielo, y el tráfico circule sin problemas. Hay también corazones duros y fríos, helados por indolencia, rechazo, desesperanza y ateísmo, los cuales por los “cristianos de sal” pueden ser calentados y vencidos.
La sal tiene capacidad de carga: El que se baña en el Mar Muerto flota solo, porque el agua tiene bastante concentración de sal. Los “cristianos de sal” no se hunden en las tormentas de la vida y además tienen capacidad de carga. Amigo: ¿eres un cristiano sostenido y que tiene sus hombros libres para llevar la carga de otros?
Este mundo necesita a “cristianos de sal”. ¿Eres tú de ese tipo? Pero ten cuidado no es posible hacerse “sal de la tierra” por esfuerzos propios, sino únicamente por tu unión con Cristo.
P.G. Mink, abreviado por Hartmut
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Serie Biblia XXII
Eclesiastés o El Predicador
Los tratados Eclesiastés de la Biblia griega llamada Septuaginta, así como Qohélet de la hebrea son el mismo libro canónico.
Este libro de doce capítulos tradicionalmente es atribuido a Salomón. Es un monólogo que trata de responder a la pregunta: ¿Qué es lo mejor que se puede hacer en la vida?
El autor de manera cruda y directa se cuestiona si su proceder en la vida, su esfuerzo diario coronado de triunfos materiales son reales y verdaderos motivos de satisfacción y valen como meta suprema de la existencia humana. La respuesta que él mismo se da es negativa.
Se plantea conceptos destructivos para su persona, cuando en forma pesimista reflexiona cuan corta y contradictoria es la vida, y cuántas injusticias y desengaños ocurren; lo cual le hace relativizar los logros humanos. Según el prisma con el que él enfoca la existencia humana, hasta cuando en un momento de su reflexión considera que todo está predestinado por Dios, parece, no obstante, llegar al fatalismo; lo que es lógico, pues su enfoque está basado sólo en lo que como ser humano limitado a sus sentidos puede percibir.
A pesar de su desalentador análisis, sin embargo, reconoce los aspectos positivos que forman la experiencia del hombre, como son: la sabiduría, la familia, el trabajo y el placer. Termina convencido de que todo en la existencia humana únicamente tiene sentido y valor cuando está subordinado al verdadero supremo fin que es honrar a Dios y cumplir sus mandamientos, como nos expone en 12:13: “Teme a Dios y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.”
Este libro puede dividirse en cinco partes que son:
1. Todo es vanidad; cap. 1:1-3
2. La transitoriedad de todas las cosas; caps. 1:4-3:22
3. A la luz de las opresiones e iniquidades de la vida; caps. 4:1-10:20
4. Lo mejor que el hombre sin ley puede alcanzar; caps. 11:1-12:12
5. Lo mejor que el hombre puede alcanzar bajo la ley; cap. 12:13-14
Fernando Torres, adaptado
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Puede que mantener unos principios morales esté pasado de moda, pero para el Señor no es así. Atrévete a vivir como hijo de Dios. Elisabeth Clark
¿Vas a la moda de Dios?
Tus amigos acaban de sugerir una idea para el fin de semana. Y tú, con el mayor tacto posible, has dicho que no vas a participar. Te están mirando boquiabiertos –y, en ese segundo equivalente a ocho siglos, miras hacia el techo y te preparas para la retahíla–: “Por una vez que lo hagas, no te vas a morir”. “Sólo estaremos un rato. Volveremos a una hora prudente.” “¿Qué más da? Es algo insignificante.” “Además, ¿quién se va a enterar?”
Y, por un lado, sabes que tienen razón. No te vas a morir. No es una decisión de proporciones enormes. Sólo es una vez. Se enteraría poca gente y no sería para tanto.
Nadie es inmune a la presión de ceder en sus principios: ¿Has distorsionado la verdad alguna vez para quedar bien? ¿Tienes grabada en la mente alguna escena de una película que realmente no tenías que haber visto? ¿Has cedido ante la presión de tus amigos y has ido a algún lugar cuyo ambiente no glorifica a Cristo? ¿Te has involucrado físicamente con tu novio o novia, pasándote de la raya “un poco”?
Solemos ceder por una razón principal: Nos importa más el concepto que tiene la gente de nosotros que el concepto que tiene Dios. A ninguno nos gusta sentirnos excluidos.
Como no nos gusta admitir el temor central detrás de nuestras concesiones, sacamos unos disfraces del armario, dependiendo de la ocasión:
- Capa roja de Súper Evangelista: Si digo que no, voy a parecer un bicho raro y no podré dar testimonio. Al entrar en su ambiente, se fiarán más de mí.
- Bata blanca de laboratorio: Tengo que leer este libro un tanto cuestionable porque necesito saber cómo piensa un no creyente para poder evangelizar mejor.
- Traje gris: Ésta es una zona gris. La Biblia no dice nada directamente en contra, así que no pasa nada si lo hago.
- Gorrito de carnaval: Como cristiano, ¡soy libre! Debo demostrar que no soy legalista. Además, no es pecado divertirse.
- Armadura de hojalata: El Espíritu Santo me protege y, por lo tanto, no me afecta esta concesión para nada.
Y con nuestros disfraces, vamos a la moda, según el ambiente que nos rodee.
Dios, sin embargo, tiene su propia moda. Él no quiere que bajemos el listón. ¿Podría ser que desde su punto de vista nuestras pequeñas concesiones son más grandes de lo que pensamos? La espada de su Palabra, de hecho, hace trizas el vestuario que acabamos de describir:
- Capa roja de Súper Evangelista: La premisa detrás de este disfraz es que el mejor testimonio es el del camaleón: Si soy como ellos, me escucharán.
- Mientras que debemos evitar ser “bichos raros” por un comportamiento verdaderamente extraño, tenemos que abrir los ojos ante una gran verdad: Ser cristiano casi siempre significa ser el bicho raro ante los ojos del mundo. Ser un cristiano caliente entre cristianos tibios también significa lo mismo: “Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2Ti 3:12). ¿Qué les llama más la atención a nuestros amigos, alguien que se comporta y piensa igual, o alguien que les saca de sus casillas?
- Bata blanca de laboratorio: Cedemos con la excusa que para combatir el mal hay que estar familiarizados con el mal. Se utiliza a menudo para justificar ciertas películas, libros o revistas. Pero no debemos engañarnos. La Biblia dice: “Absteneos de toda especie de mal” (1Ts 5:22) y “quiero que seáis sabios para el bien, e ingenuos para el mal” (Ro. 16:19b).
- Traje gris: Elegimos este disfraz para defender una concesión que no es “moralmente mala”. Es decir, no hay ningún versículo de la Biblia que lo prohíba específicamente; es cuestión de gustos o del nivel de sensibilidad de la persona. La pregunta clave, sin embargo, no es, “¿es esto algo malo?”, sino “¿es esto lo mejor?”. A través de las Escrituras, Dios enfatiza que quiere darnos lo mejor siempre. Si Cristo es luz, ¿por qué buscamos diversión en zonas grises?
- Gorrito de carnaval: Este disfraz lo llevamos cuando queremos divertirnos y no dar apariencia de “legalista” –porque sólo una persona rígida se alarmaría ante una pequeña concesión.
Hay alguien que se encarga de propagar la idea de que seguir los deseos de Dios a rajatabla es esclavitud. Es el príncipe de este mundo, Satanás. Cuando una mujer es fiel a su prometido, sin coquetear con otros hombres, nunca pensamos en llamarla legalista. Y ella, enamorada, no piensa en la “carga” que supone ser fiel.
- Armadura de hojalata: Razonamos que las concesiones no son para tanto y no nos afectan. Y si acaso hubiera algo que nos pudiera afectar, el Señor nos protegería.
Las concesiones, sin embargo, sí que nos afectan. Debilita nuestro carácter. Insensibiliza nuestra conciencia. Limita nuestras posibilidades de servicio a Dios, quien ha declarado que debemos ser fieles en lo poco para poder pasar a un mayor grado de responsabilidad (Mt 25:21).
¿Tienes alguno de estos modelos guardado en el armario? Pues, ya es hora de tirarlo: Si dejas de ceder ante la presión, no necesitarás disfrazarte. Viste a la moda de Dios y no bajes el listón ni lo más mínimo.
Edificación Cristiana N° 203, abreviado
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Sopa de letras
PADRADNOISECNOC TRANSFIGURACION IODADLIMUHIOESO SDIDADINAVCOCMD SALOOSROMANGLRR ACIMALEGRIASETE OIBOLORDEGGASCP RDAISOLORTAMIOE DESNTRSABORAAEL IRNOSQDDUFFRSES SPOESAAILIVITAN FYPEBNTVREETELO RSSLABUBILLASQU AEEMUFREPSENPIE ZRRITNEPERRADEN
ABUBILLA AGRADABLE ALEGRIA AMOR ARREPENTIR CONCESION DISFRAZ ECLESIASTES FIEL FRAGANCIA HUMILDAD MODA OLOR PERDON PERFUME PREDICADOR RESPONSABILIDAD SABOR SAL SAL SAMARITANA TRANSFIGURACION VANIDAD VIDA
Las letras sobrantes componen la frase de solución.
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¿Se nota que has estado con Jesús?
Leo la historia de la mujer samaritana (Evangelio de Juan, capítulo 4) y veo que se asemeja mucho a lo que vivimos hoy. Era una mujer común y corriente que enfrentaba problemas fuertes. Observa: Relativamente joven: “...pues el pozo era hondo y ella sacaba el agua sin ayuda de nadie.” Enamoradiza, no podía estar sola, pero incapaz de mantener una relación estable: “Cinco maridos has tenido...”. Vivía su vida pecando y no le importaba lo que pensaban los demás: “...el hombre que ahora tienes no es tu marido.”
Los problemas y las situaciones se repiten en cualquier lugar del mundo. La gente joven lucha más o menos con lo mismo, esté donde esté. Esta mujer luchaba con adversidades personales como las nuestras.
En el versículo 28 notamos que ella dejó a Jesús y salió corriendo a buscar a otras personas de su ciudad para contarles que había descubierto al Hijo de Dios. Esto nos hace pensar en una realidad: Estar con Jesús es algo maravilloso que transforma lo interno de la persona y que la responsabiliza.
He oído de ciertos monjes que pasan su vida en un claustro orando a Dios, apartados de la sociedad. Jamás la Biblia dice que debemos hacer tal cosa, ¡al contrario! Los discípulos vivieron una experiencia muy fuerte en el monte de la transfiguración (lee Mateo 17). Fue tan buena que no querían bajar a la realidad. Deseaban quedarse a vivir allí con Jesús. Pero eso no fue posible. Dios no te lleva a un punto de relación preciosa con él para que luego tú te encierres en tu habitación por el resto de tu vida. Sé responsable, eso es lo que él desea. ¡Apenas conoces a Jesús debes manifestar que has estado con Él! Ésta es tu responsabilidad, porque Dios quiere usarte.
Me gusta imaginar a Jesús riendo de contento al ver la actitud de la mujer: ella deja el cántaro en el pozo. Sale corriendo y tal vez unos metros más adelante voltea, mirando al Señor y gritando: ¡espera, no te vayas, ya regresoooo! Sin duda el Señor se complacía de esta actitud. Sé que tú no tienes un cántaro en las manos. Pero Dios espera que tú dejes aquello que está impidiendo que cuentes a otros de Jesús. Dime: ¿Cuál es tu peso? ¿Cuál es el impedimento que tienes para no contar que has estado con Jesús?
La mujer corrió contenta, ansiosa. Les dijo a todos a quienes conocía que había visto al Cristo. Es probable que a veces te sientas presionado o presionada cuando te dicen que debes mostrar a otros un buen testimonio acerca de Jesús. Te entiendo. Ha habido momentos en mi vida en que me he sentido así. También deben haberse sentido así los discípulos cuando tuvieron que bajar del monte de la transfiguración. Pero al leer la historia de la samaritana veo que ella no se sintió presionada, lo hizo de manera natural. Hoy estoy convencido que esto es una responsabilidad que debo cumplir, pero debe ser natural. Si me siento presionado, es porque mi relación con Dios no está en su punto óptimo.
Mira lo que ocurrió al final; versículo 39: “Y muchos de los samaritanos creyeron, por la palabra de la mujer...” Ellos no sabrían de Jesús si no fuera por el testimonio de la mujer.
Busca la manera de que otros sepan que has estado con Jesús. Ora a Dios para que tu relación con él sea tan plena que sólo quieras hablar de él a todo el mundo, y llevar una vida que, por donde andes, todos vean a Cristo en ti...
Gustavo Palizza
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