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MDP Archivo 2006 Noviembre 03

Mensaje de Paz
Edición de Noviembre de 2006
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Índice
¡Primavera y verano!
¿Qué pacto has hecho?
¿Hojas caducas u hojas perennes?
Lamentaciones
Siembra en la primavera la buena semilla


¡Primavera y verano!

En el hemisferio sur de nuestro planeta la primavera está plenamente desarrollada y estamos inaugurando el verano. De igual forma, en relación con el ciclo de nuestra vida, los adolescentes y jóvenes están en pleno desarrollo de sus vidas, ingresando en la época que llamamos "la edad mejor".

No olvidemos que en la primavera se siembra lo que se cosechará… Este tema lo tratamos en la última página, para los jóvenes.

También en la historia de la revelación de Dios al hombre hay una nueva primavera cuando el frío del invierno de las culpas delante de Dios pasa, y brota un nuevo pacto de Dios con los hombres. El texto en esta página "¿Qué pacto has hecho?", es la invitación personal para ti, para que entres en esa alianza nueva.

Otoño

En el hemisferio norte, el mes de noviembre concluye sin piedad la época de la vegetación, termina la siega y se encamina hacia el frío invierno. Mas el otoño puede también llevar consigo muchas riquezas e inspirarnos por medio de sus fenómenos y colores…

Que mi lector maduro asimile la "Reflexión otoñal" en la tercera página. - Y no olvide que - aunque la vida terrenal acabe - la verdadera cosecha la tendremos en la eternidad donde habrá dos posibilidades, o la condenación de los que rechazaron a Jesucristo o la gloria y el galardón inmarchitables de los que le han creído.

(.)

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¿Qué pacto has hecho?

En una de las clases que di en el colegio me asombré de como había muchos alumnos que no sabían que la Biblia se dividía en dos partes: Antiguo y Nuevo Testamento. De hecho, algunos de mis alumnos pensaban en el Nuevo como más moderno. Esa sorpresa mía se produjo por creer que esa verdad tan conocida por los cristianos era de dominio público. Pero no hay que asombrarse demasiado. Hay un campo enorme aún que necesita obreros dispuestos a ir a anunciar la Buena Nueva. La división de la Biblia en dos partes: la de la época de la ley y la de la época de la gracia salvadora de Cristo es ni más ni menos que la limitación de la fe en la que viven innumerables creyentes en Dios.

La época del Antiguo Testamento es la de la ley. Usted habrá oído hablar de los diez mandamientos, pues, de esa ley hablo, la que además se amplía con los libros de Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Estos libros, junto con el libro de Génesis, eran los libros que sirvieron de base para el Antiguo Testamento, y son conocidos como la Torá o Ley. La que actualmente profesan los Judíos no convertidos a Jesucristo.

Esa ley era un compendio de la voluntad de Dios para su pueblo escogido, pero también incluía una serie de castigos terribles para quienes no la cumplieran, como morir apedreados los que cometen adulterio o cosas por el estilo.

El antiguo pacto

La Ley de Dios es justa y perfecta. Cuando el pueblo escogido recibió la ley de Dios de manos de Moisés, prometieron a una: "cumpliremos todas las palabras que ha dicho el Señor".

En el libro del Deuteronomio se aclara ese acontecimiento: "Has declarado solemnemente hoy que Jehová es tu Dios, que andarás en sus caminos, que guardarás sus estatutos, sus mandamientos y sus decretos, y que escucharás su voz. Y Jehová ha declarado hoy que tú eres pueblo suyo, de su exclusiva posesión…" (Deuteronomio 26: 17-18).

Dios mismo se comprometió en esa alianza de mutua pertenencia: "Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo" (Jeremías 7: 23). Ahora, querido amigo, ¿cual de los aliancistas cree usted que cumplió lo pactado? Es fácil darnos cuenta que el ser humano, por su misma naturaleza, es incapaz absolutamente de cumplir una alianza semejante, la verdad es que el mismo pueblo que dijo a una y con gran exaltación que cumpliría su parte del pacto es el que luego anduvo errando durante cuarenta años en el desierto a causa de sus pecados.

Pero Dios cumplió su parte, Él eligió a ese pueblo como suyo y no lo abandonaría nunca porque Dios no puede, por su misma naturaleza santa, no cumplir una promesa suya.

El nuevo pacto

Dios ama a su pueblo escogido, y es por la infidelidad de ese pueblo que Dios anunció ya en Jeremías capítulo 31 versículos 31 al 34: "He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Pondré mi ley en su mente y la escribiré en su corazón; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová, porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos y no me acordaré más de su pecado".

Bueno, ese nuevo pacto anunciado era nada menos que Jesucristo, cuyo nacimiento abre el Nuevo Testamento, porque es un Nuevo Pacto hecho por Dios a su pueblo. El pacto de la Gracia que viene de Dios, no él del trato propuesto por los hombres: "nosotros cumpliremos", sino el propuesto por Dios que sabe que no somos capaces de cumplirlo, cuando dice Jesucristo: "sin mí, nada podrás hacer". El nuevo pacto de Dios es: "Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo tú y toda tu casa", y si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.

Amigo, deja de vivir creyendo que todavía estás atado al antiguo pacto, ya date por vencido y date cuenta de que solito no podrás agradar a Dios. Acepta a Jesucristo como tu salvador personal, Él ya hizo la obra por ti, ahora quiere salvarte y hacerte parte del pueblo de Dios, santo y agradable al único precio de la fe.

¡Que Dios te bendiga!

Hugo Alberto Díaz

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Hemisferio norte: Reflexión otoñal

¿Hojas caducas u hojas perennes?

El mes de noviembre nos introduce raudo en las entrañas del otoño. Días más breves. Noches largas. Nieblas frías, persistentes. Todo parece conjurado para sumirnos en la melancolía. La naturaleza toda proclama un mensaje deprimente. Aun la bella explosión de colores en las copas de muchos árboles tiene un matiz sombrío. Pronto el más suave soplo de una brisa arrancará esas hojas de la rama, y caídas sobre el suelo, en él, hallarán su sepultura.

Inevitablemente, deplorablemente, vemos en ese fenómeno de la naturaleza una vívida alegoría de nuestra propia vida. Sean cuales sean las apariencias, el proceso biológico de decadencia es irreversible. El vigor físico, la agudeza sensorial, la agilidad mental menguan. Y sabemos que esos fenómenos son precursores de la muerte, aunque ésta para el creyente en Cristo ha perdido su terror e incluso la decadencia física no necesariamente ha de afectar a lo más importante de nuestra persona, pues como decía el apóstol Pablo, "aunque nuestro hombre exterior (el cuerpo) se va desgastando, el interior, sin embargo, se renueva de día en día" (2Co. 4:16).

Puede suceder, con todo, que en la experiencia cristiana -aun en la de los jóvenes- el declive aparezca precisamente en ese "hombre interior", en la vida espiritual, mucho antes incluso de que sobrevenga el debilitamiento físico. También en la vida espiritual, incluso en la de los jóvenes, puede producirse un fenómeno de deterioro y descomposición. Las tribulaciones, las dudas, los desengaños, la influencia de las corrientes de pensamiento y las costumbres o modas del mundo, las ansias de placer sin cortapisas, la inmoralidad más descarada instalada en los medios de comunicación, la negligencia en el uso de los recursos para el robustecimiento de la vida en Cristo, pueden fácilmente ocasionar una corrosión interior tan deplorable como peligrosa. Exteriormente puede verse aún el colorido de algunas prácticas religiosas, pero interiormente la vida está próxima a extinguirse.

Apena ver con cierta frecuencia a creyentes que son conscientes de su decadencia en el otoño espiritual de su vida y, a pesar de ello, no hacen nada para cambiar su situación. Dan la impresión de que la amarillez de su testimonio es normal al cabo de un tiempo. Al fin y al cabo, no aspiran a ser supersantos, ni héroes, ni modelos de piedad. Además piensan que el residuo de fe que les queda es suficiente para asegurar su entrada en la gloria eterna. ¡Craso error! Aun admitiendo la seguridad de la salvación de todo creyente sincero por la gracia de Cristo, tiene muy poco de glorioso ese modo de salvación en el último día. Ese creyente "será salvo, aunque así como por fuego" (1Co. 3:14-17), un fuego que, si no lo destruye a él, destruirá la obra de su vida. En aquel día lo que soplará no será una brisa acariciadora: será un vendaval que arrancará todas las hojas amarillentas, rojizas o parduscas, pues todas ellas, debilitadas, habrán llegado ya al final del proceso de descomposición. Y sólo quedará lo que deje la gracia de Dios. ¡Cuánto mejor es aspirar a que, en vez de entrar como escapando del fuego, nos sea "otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo" (2P. 1:11)!

Si nuestra reflexión otoñal ha sumido a alguien en el desánimo, incluso en la depresión, nos alegra poder presentar un cuadro bien diferente del de las hojas caducas. Es el cuadro que nos ofrece la Escritura en varios de sus textos. En el vestíbulo del libro de los Salmos aparece un hombre dichoso. Lo es porque vive rectamente, conforme a lo prescrito en la ley de Dios, la que medita asiduamente. Con un símil por demás sugerente se describe el curso de su vida: "Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo y su hoja no cae, y todo lo que hace prosperará" (Sal 1:3). Y en el Salmo 92 hallamos otro símil parecido: "El justo florecerá como la palmera; crecerá como cedro en el Líbano. Plantados en la casa de Yahvéh en los atrios de nuestro Dios florecerán. Aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes" (Sal 92:12-14).

¿Cómo se puede vivir esa experiencia? En el primer Salmo, al que nos hemos referido, se da la respuesta:

1. - El creyente debe oponerse tenazmente a la influencia nociva de quienes inducen al mal (Sal. 1: 1).

2. - Hacer de la Palabra de Dios objeto preferente de lectura y meditación a fin de que su vida sea un caminar con Dios y un modo de servirle en gozosa sumisión a sus preceptos.

Admito que en la práctica de la vida cristiana la cosa no es tan simple. La transformación del creyente no se lleva a cabo en un instante; dura toda la vida. Y nunca se alcanza la perfección absoluta. Nunca en este mundo se llega a la meta. Vivir cristianamente es vivir en lucha constante. La carne combate contra el Espíritu y el Espíritu contra la carne (Gl. 5:17-24). Pero hay una exigencia insoslayable: el creyente en Cristo ha de tener un carácter y un comportamiento cristianos. Y su cristianismo ha de ser perenne; ha de superar victoriosamente todo tipo de cansancio, todo desaliento, toda tentación a arrojar la toalla. Su fe no puede ser caduca; ha de mantenerse perseverantemente "fiel hasta la muerte". Es el precio de "la corona de la vida" (Ap. 2:10).

José María Martínez, www.pensamientocristiano.com, abreviado.

"Es mejor afirmar el corazón con la gracia… (Hebreos 13:9)

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Serie Biblia XVI

Lamentaciones

Este libro se escribe a raíz del bienio 586—581 a.C. para mostrar el sentimiento imperante en el corazón de los sobrevivientes del reino de Judá cuando Jerusalén después de ser sitiada durante 18 meses por Nabucodonosor, rey de Babilonia; había sido vencida y saqueada por el ejército caldeo que se llevó 10.000 prisioneros a Babilonia.

La destrucción del Templo fue un golpe catastrófico para el pueblo judío, pues aunque Jeremías ya había profetizado la destrucción de Judá y Jerusalén (Jer. 13:9,17,19,21) si el reino judío no dejaba de ser desobediente a las orientaciones de Dios, la degenerada fe de toda Judea (actual Palestina) y su alejamiento del Señor aumentaron la soberbia de los gobernantes de Judá, haciéndoles creer que podían vencer a las hordas paganas sin la ayuda de Dios.

Arrasada Jerusalén sólo un pequeño remanente de entre la gente más pobre dejó el ejército caldeo en la ciudad con la idea de que trabajaran la tierra y cuidaran de los viñedos. Es entonces cuando estos jerosomilitanos comprenden que su olvido de Dios fue el camino que los condujo a su completa destrucción, por lo que comienzan a orar, a ayunar, a afeitarse la barba, a rasgarse la ropa y a flagelarse como ofrecimiento al Señor, así como a celebrar ceremonias religiosas junto a las ruinas del Templo como desagravio a Dios y reafirmación de la fe en el restablecimiento de la dinastía davídica profetizada por Jeremías (Jer. 31:10,l8).

Aunque en la antigua Biblia hebrea no aparece Jeremías como autor del libro "Lamentaciones", sin embargo, en la versión posterior griega llamada "Septuaginta" (250 a.C.) sí aparece Jeremías como autor de este libro, cuyos cinco capítulos están constituidos por cinco respectivos poemas, que reflejan de forma conmovedora la pena, vergüenza, tristeza, culpabilidad, dolor y arrepentimiento del pueblo judío, así como su alabanza a Dios y la fe en que el Señor nunca abandona a un hijo arrepentido.

El libro puede dividirse en cinco partes, a saber:

1. Jerusalén desesperada (1:1-22)
2. Castigo de Dios (2:1-22)
3. Sufrimiento de Jerusalén (3:1-66)
4. Aceptación de culpa de Jerusalén (4:1-22)
5. Petición de ayuda de Judá (5:l-22)

Fernando Torres

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Siembra en la primavera la buena semilla

Consejo a los jóvenes

En la Biblia se nota que Dios ama mucho al ser humano, quiere la vida y ama la juventud.

En el libro de Eclesiastés -aquí imprimimos el texto bíblico en negrilla- los siguientes preciosos consejos a los jóvenes inspiran para aprovechar la "primavera" de la vida. El mensaje del discurso es que todo en la vida es pasajero y en sí mismo carece de sentido; únicamente asume significado por la relación con el plan superior de Dios. "Pues Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa oculta, sea buena o sea mala" (12:14).

Alégrate, joven, en tu juventud. No andes triste, porque la tristeza no es sinónimo de sabiduría. ¡Alégrate porque Dios te ama, y te ha dado la vida!

Tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia. Ser adolescente no es una enfermedad de la cual se ansía curarse pronto. Dios mismo te dice que la goces plenamente.

Anda según los caminos de tu corazón y la vista de tus ojos. ¡No des por inalcanzables tus sueños antes de haberlos soñado! Aunque es verdad que el joven debe aprender mucho, respetar los mayores, buscar comprenderlos y asimilar buena parte del conocimiento de ellos, también es verdad que el joven no debe ignorar sus propias convicciones y no renunciar a priori a sus ideales.

Joven amigo: trata de definir bien lo que te agrada. Goza, conscientemente, lo que es bueno. Nunca cometas lo que tú mismo juzgas que es malo. ¡Cuántos jóvenes han sufrido a causa de la vida necia de sus padres irresponsables frente a la economía de la familia, al sexo, al alcohol, etc.! No imites esos malos ejemplos, sino anda por el camino que tu propio corazón califica como bueno, realiza la visión de tus ojos, aunque muchos otros no la compartan.

Pero recuerda que sobre todas estas cosas te juzgará Dios. Cuando en una vida falta el respeto hacia Dios, entonces la adolescencia es un trágico desliz hacia la ruina. Aunque muchos jóvenes se esfuercen en construir una buena base para la vida, es una lástima que el orgullo, el amor al placer o al dinero vacíen sus vidas de todo sentido y gusto.

Por eso, fíjate bien en lo que Dios dice. Dice que no te preocupes por tu futuro pensando únicamente en el bien exterior, sino que te acuerdes que cada acción del presente debe agradar a Dios.

Quita, pues, de tu corazón el enojo. ¿Eres el tipo enojón, descontento, criticón y acusador de los demás? Entonces debes cambiar de sistema -debes cambiar de patrón espiritual- ahora mientras eres joven. "Venid a mí, todos…", dice el Señor Jesucristo.

Aparta de tu carne el mal. La vida no es solamente una ideología. Es también una realidad física. Con tu cuerpo, tú estás en algún lugar. Y Dios dice que apartes tu carne del mal. Si estás en alianza con los que roban o blasfeman, si aturdes tus sentidos con alcohol o si envenenas tu cuerpo con nicotina u otras drogas, entonces no cumples con este consejo de Dios. ¡Aparta esos males de tu carne! Y la relación sexual fue creada para ser practicada únicamente dentro de un matrimonio basado sobre el amor y la fidelidad. Entonces, ¡aparta tu carne del mal!

Porque la adolescencia y la juventud son vanidad. La adolescencia en sí misma no es admirable; sólo tiene valor cuando es aprovechada con lo bueno, porque "lo que el hombre sembrare, eso también segará" (Gálatas 6:7). Y la mies no puede esperar mucho…

Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos. No tengas miedo del futuro, pero sabe que la adolescencia pasará, y los períodos sucesivos tendrán sus específicas plagas -y alegrías también- que no son objeto de este texto. Por ahora, mi joven amigo: ¡alégrate, en el Señor!

Juan

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