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MDP Archivo 2006 Diciembre 06

Mensaje de Paz
Edición de Diciembre de 2006
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Índice
No había lugar para él
¿Se puede conocer a Dios?
De La Doctrina de la Muerte de Cristo y de la Redención de los Hombres por Este
Ezequiel
Canales de la mejor agua


No había lugar para él

Desde siempre el Dios soberano quería reestablecer la relación con los hombres, la que se había malogrado a causa del pecado. Desde la antigüedad Dios había visitado la tierra de muchas maneras, por medio de beneficios o juicios tratando de ganar el corazón de los hombres. Pero fue en vano, ya que el hombre permanecía rebelde y desinteresado en una relación vital con su Creador; prefería inventar sus propias religiones. Pero Dios no se dio por vencido, dijo: "Enviaré a mi hijo amado…"

En Jesucristo Dios se hizo hombre. Jesús llegó a ser lo que todos nosotros hubiéramos tenido que ser: un hombre que sólo hacía el bien, exento de defectos, que obedecía al verdadero Dios.

Pero cuando ese Hijo de Dios entró en este mundo "no había lugar para él en el mesón", dice la escritura, y "A lo suyo vino, pero los suyos no lo recibieron". ¡Inaudito!

En el caso de que mi estimado lector se disponga a celebrar la Navidad -el aniversario del nacimiento de Jesucristo-, que no omita hacer una profunda y amplia oración de arrepentimiento en nombre de la humanidad por haber despreciado y rechazado al Hijo de Dios. Y -por favor- revise su vida personal, ¿si lo ha despreciado usted también, simplemente dejándolo de lado? Que se arrepienta y crea en él, porque sólo él puede reconciliar a usted con Dios.

¡Prepárele amplio lugar en su corazón!

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¿Se puede conocer a Dios?

El universo es asombroso, ¿verdad? Sus inconcebibles dimensiones; sus incontables planetas, estrellas y galaxias; la indescriptible belleza de los cuerpos celestes; el misterio que envuelve su origen, propósito y fin... Son cosas que desde la más remota antigüedad han excitado la curiosidad e imaginación de los hombres.

Nuestra admiración crece aún más a medida que vamos descubriendo el orden y armonía de los sistemas celestes. El equilibrio de fuerzas, los movimientos matemáticos de los astros, la arrolladora energía suavemente controlada por una mano invisible y, en fin, la perfección, hermosura, orden y potencia del universo que nos rodea es motivo suficiente para llenarnos de asombro y expectación. ¿Quién ha hecho todo esto? ¿Quién lo gobierna? ¿Para que existe?

Un gran lienzo

Tú también te lo has preguntado alguna vez. ¿Quién ha creado esa bóveda celeste; ese templo fantástico, mitad luz, mitad tinieblas? Sea quien sea, nos invita a adorarle y amarle. El cosmos es el gran lienzo en que Dios ha plasmado su talento, sentimiento, sabiduría y poder. Así lo expresó un hombre fiel hace muchos siglos en un salmo, diciendo: "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos" (Salmo 19:1).

Si te preguntas: ¿Qué es el universo?, la única y verdadera respuesta es esta: el universo es una revelación de Dios. Las estrellas y galaxias, los espacios inconmensurables, son como un libro abierto que nos habla de Dios. Sí, el Creador de cielos y Tierra no está mudo. No ha querido dejarnos sin un claro conocimiento de sí mismo. A todos los que dicen: "Si no veo a Dios, no puedo creer en Él", yo les respondo: "Si no crees en Él es porque no puedes ver que estás viviendo en su propio templo".

Un eco más claro

El Dios que existe es también el Dios que habla. Acabo de referirme al universo, esa gloriosa caja de resonancia de Dios. Pero no es ese el único instrumento por el que deja oír su voz. Existe aún un eco más claro del pensamiento divino: la Biblia, la palabra de Dios. Quiero preguntarte algo: ¿Has tenido alguna vez una Biblia en tus manos? ¿Has leído sus viejas páginas, llenas de historia viva? ¿Conoces el valor de sus consejos y la perfección de su sabiduría? No sé, tal vez tengas en tu hogar una vistosa Biblia que nunca has leído. Tan cerca... y tan lejos de la Verdad. La Biblia es libro de acción. Nos habla de las obras de Dios, de su presencia y quehacer en el mundo. Nos habla, sobre todo, del carácter del Hacedor: de su justicia y su verdad, de su amor y su paciencia. Sí, la Biblia es el gran libro. Escucha el testimonio de un hombre viejo y sabio, que conoció a Dios: "Maravillosos son tus testimonios; por tanto, los ha guardado mi alma. La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los sencillos…" (Salmo 119:130).

Romper los cielos

El universo, la Biblia... ¿existe aún algo más que nos hable de Dios? Ese Dios, que no está ni mudo ni quieto, ¿ha expresado sus propósitos y sus planes de algún otro modo? Sí, ciertamente que sí. Del modo más perfecto. Para que no hubiera duda; para que no hubiera excusa, Dios mismo vino a nuestro mundo para hablarnos. Lo que un profeta pidió, lo que de puro sublime la razón no entiende, eso ocurrió. Escucha sus palabras y comprende su sentir: "¡Oh, si rompieses los cielos y descendieras, y a tu presencia se escurriesen los montes, como fuego abrasador de fundiciones, fuego que hace hervir las aguas, para que hicieras notorio tu nombre a tus enemigos, y las naciones temblaran a tu presencia!" (Isaías 64:1-2).

Esto se ha cumplido ya... en parte. Sí, Dios rompió los cielos, como un gigante que irrumpe ante nosotros y, en tremenda paradoja, se presenta con la sencillez de un niño. Deseó el profeta que Dios descendiera... y lo hizo. Pero antes de venir como fuego abrasador, vino como niño, y creció y murió... por nosotros. Te estoy hablando de Jesús, el Cristo, la Revelación definitiva de Dios; la Palabra hecha carne. Dios hecho hombre. ¿Cómo se puede decir que no sabemos nada de Dios? La Biblia dice de Jesucristo: "Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos... sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten" (Colosenses 1:15). "¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿o quién fue su consejero? ¿o quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén" (Romanos 11:33).

Por Ricardo Cerni, El Heraldo del Pueblo n° 143

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Texto histórico: Cánones de Dort (Dortmund, Países Bajos, año 1619), Capítulo Segundo

De La Doctrina de la Muerte de Cristo y de la Redención de los Hombres por Este

Artículo 1. Dios es no sólo misericordioso en grado sumo, sino también justo en grado sumo. Y su justicia (como Él se ha revelado en Su Palabra) exige que nuestros pecados, cometidos contra Su majestad infinita, no sólo sean castigados con castigos temporales, sino también castigos eternos, tanto en el alma como en el cuerpo; castigos que nosotros no podemos eludir, a no ser que se satisfaga plenamente la justicia de Dios.

Artículo 2. Mas, puesto que nosotros mismos no podemos satisfacer y librarnos de la ira de Dios, por esta razón, movido Él de misericordia infinita, nos ha dado a Su Hijo unigénito por mediador, el cual, a fin de satisfacer por nosotros, fue hecho pecado y maldición en la cruz por nosotros o en lugar nuestro.

Artículo 3. Esta muerte del Hijo de Dios es la ofrenda y la satisfacción única y perfecta por los pecados, y de una virtud y dignidad infinitas, y sobradamente suficiente como expiación de los pecados del mundo entero.

Artículo 4. Y por eso es esta muerte de tan gran virtud y dignidad, porque la persona que la padeció no sólo es un hombre verdadero y perfectamente santo, sino también el Hijo de Dios, de una misma, eterna e infinita esencia con el Padre y el Espíritu Santo, tal como nuestro Salvador tenía que ser. Además de esto, porque su muerte fue acompañada con el sentimiento interno de la ira de Dios y de la maldición que habíamos merecido por nuestros pecados.

Artículo 5. Existe además la promesa del Evangelio de que todo aquel que crea en el Cristo crucificado no se pierda, sino que tenga vida eterna; promesa que, sin distinción, debe ser anunciada y proclamada con mandato de conversión y de fe a todos los pueblos y personas a los que Dios, según Su beneplácito, envía Su Evangelio.

Artículo 6. Sin embargo, el hecho de que muchos, siendo llamados por el Evangelio, no se conviertan ni crean en Cristo, mas perezcan en incredulidad, no ocurre por defecto o insuficiencia de la ofrenda de Cristo en la cruz, sino por propia culpa de ellos.

Artículo 7. Mas todos cuantos verdaderamente creen, y por la muerte de Cristo son redimidos y salvados de los pecados y de la perdición, gozan de aquellos beneficios sólo por la gracia de Dios que les es dada eternamente en Cristo, y de la que a nadie es deudor.

Artículo 8. Porque este fue el consejo absolutamente libre, la voluntad misericordiosa y el propósito de Dios Padre: que la virtud vivificadora y salvadora de la preciosa muerte de Su Hijo se extendiese a todos los predestinados para, únicamente a ellos, dotarlos de la fe justificante, y por esto mismo llevarlos infaliblemente a la salvación; es decir: Dios quiso que Cristo, por la sangre de Su cruz (con la que Él corroboró el Nuevo Pacto), salvase eficazmente, de entre todos los pueblos, tribus, linajes y lenguas, a todos aquellos, y únicamente a aquellos, que desde la eternidad fueron escogidos para salvación, y que le fueron dados por el Padre; los dotase de la fe, como asimismo de los otros dones salvadores del Espíritu Santo, que Él les adquirió por Su muerte; los limpiase por medio de Su sangre de todos sus pecados, tanto los originales o connaturales como los reales ya de antes ya de después de la fe; los guardase fielmente hasta el fin y, por último, los presentase gloriosos ante sí sin mancha ni arruga.

Artículo 9. Este consejo, proveniente del eterno amor de Dios hacia los predestinados, se cumplió eficazmente desde el principio del mundo hasta este tiempo presente (oponiéndose en vano a ello las puertas del infierno), y se cumplirá también en el futuro, de manera que los predestinados, a su debido tiempo serán congregados en uno, y que siempre existirá una Iglesia de los creyentes, fundada en la sangre de Cristo, la cual le amará inquebrantablemente a Él, su Salvador, quien, esposo por su esposa, dio Su vida por ella en la cruz, y le servirá constantemente, y le glorificará ahora y por toda la eternidad.

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Serie Biblia XVII

Ezequiel

En el año ocho del reinado de Nabucodonosor (2R 24:12b) e integrando el primer grupo de deportados hacia Babilonia iba Ezequiel a quien Dios dotó de

ardiente fe y extraordinaria imaginación para que percibiera a partir del quinto año de su cautiverio las revelaciones divinas por medio de visiones, y fuera el recordatorio viviente que sirviera para sostener la fe de todos los desterrados de la casa de Israel en la futura restauración nacional a través de la justicia divina y bajo la monarquía davídica.

Sus profecías eran un duro alegato contra la licenciosa vida idolátrica de la desleal Jerusalén y un aviso del castigo divino que le esperaba, el cual se materializó en 586 a.C. al ser destruido el Templo y arrasada la ciudad. Ante esta debacle el pueblo elegido, al fin, comprende sus profecías, y es entonces cuando se vuelven hacia el Señor, convirtiéndose así este destierro en uno de los periodos espirituales mas fructíferos del pueblo de Dios.

Ezequiel significa "Dios fortalece", y realmente el Señor fortificó a Su pueblo a través de la palabra profética de Ezequiel, quien entrelazaba con la función sacerdotal y la actitud meditativa un vigoroso impulso espiritual lleno de poesía y razonamiento para dar a conocer el castigo y el premio que Dios otorgaría, según el proceder de sus súbditos.

Siendo la región de babilonia (actualmente el sur de Irak) y su metrópoli del mismo nombre uno de los lugares más ricos de Oriente Medio en aquel entonces, es mucho más significativo el trabajo de Ezequiel quien estaba convencido de ser el enviado (2:3-4) puesto por Dios para velar que la fe del pueblo israelita en la promesa divina no decayera. Él alentó el regreso a Jerusalén y cimentó la idea de la reconstrucción de la ciudad y el Templo, logrando también así que el pueblo judío no perdiera su identidad nacional. Fue igualmente un defensor acérrimo de la pureza ritual y la sacralidad en el culto religioso.

Este libro puede dividirse en cinco partes, a saber:

1. Llamada a Ezequiel (caps.l-3)
2. Profecías sobre Jerusalén (caps.4-24)
3. Profecías contra los depredadores de Judá (caps. 25-32)
4. Profecías del reino davídico futuro (caps. 33-39)
5. Profecías sobre el nuevo templo en la Israel unificada (caps. 40-48)

Fernando Torres

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Canales de la mejor agua

Es importante que seamos capaces de entender el significado de la palabra "canal". ¿Sabes? En el pueblo donde crecí hay canaletas que llevan el agua hacia los campos, pasan al costado de los mismos a través de muchos kilómetros, cada dueño del campo tiene un horario específico para poner una compuerta que haga que rebalse el agua y le riegue su sembradío.

Decía al principio que es importante entender esto de canal. Porque un hombre del campo puede decir "que bueno que existen estos canales" y otro "que bueno que existe esta agua". Ahora, ¿quién está más acertado? el canal es necesario, pero sin agua que transporte, no serviría de nada que pase por allí.

Así en la vida cristiana este dilema parece repetirse. Los creyentes en Jesús somos canales. Por medio de los cuales podemos llevar el mensaje de salvación a las personas. Pero, que es más importante ¿los creyentes o el agua viva de salvación? Uno y otro son importantes, pero evidentemente lo que da vida verdadera es el agua viva que es Cristo Jesús.

Jesucristo el Hijo único de Dios es el canal principal a través del cual Dios mismo en persona se da a conocer. Ya ves, Jesús es el mejor canal que existe para conocer a Dios.

Hay quienes pasan por alto esta gran verdad y quieren conocer a Dios sin usar el precioso canal que es Jesús. Y como si quisieran llevar el agua en las manos o en baldes para regar un campo, puede que algo de humedad le pongan a sus vidas-campos pero no lograrán más que sequedad: es imposible conocer a Dios usando otro medio que no sea Jesucristo.

El único camino, el único canal para conocer toda la altura, la anchura y la profundidad de Dios es a través de Su Hijo Jesucristo.

Jesús mismo tenía bien asumido su rol de canal, en Juan 12 49:50 dice "Porque yo no hablo por mi propia cuenta, sino que mi Padre me envió y me dijo todo lo que debo enseñar. Y sé que los que obedecen los mandamientos de mi Padre tendrán vida eterna. Por eso les he dicho todo lo que mi Padre me ordenó enseñarles". Jesús hablaba por Dios, ¡Cristo era Su canal preferido para salvar a los humanos que tanto ama!

En Juan 8:28-29 dijo: "Ustedes sabrán quién es en realidad el Hijo del hombre cuando me cuelguen de una cruz. También sabrán que no hago nada por mi propia cuenta, sino que sólo digo lo que mi Padre me ha enseñado. Mi Padre nunca me ha abandonado, pues yo siempre hago lo que a él le agrada".

Y así como Jesús es el gran canal elegido por Dios para que el hombre conociera que lo ama nosotros, los cristianos, debemos ser también canales por medio de los cuales la Palabra de Dios sea conocida por más personas. Y esto no es algo que te diga yo porque sí, este es un deseo profundo de Jesucristo, que seamos canales de Él ante el mundo: Mira en Juan 20:21 "Jesús los volvió a saludar de la misma manera, y les dijo: ‘Como mi Padre me envió, así también yo los envío a ustedes’".

¡Sé canal del Mensaje de Salvación!

¡Que el Señor te bendiga ricamente!

Hugo Alberto Díaz

El que cree en mí, como dicen las Escrituras, de su interior brotarán ríos de agua viva (Juan 7:38).

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