MDP Archivo 2007 Abril 07
Índice
"¡Padre, perdónalos!"
El verdadero sacrificio
Lo que nos enseña el Sacrificio de Cristo
Serie Biblia XXX: Joel
Cómo comprendí lo que hizo Cristo
Una cuenta pendiente
"¡Padre, perdónalos!"
¿Hemos notado en qué momento Jesús dirige esta oración a su Padre? No sucede cuando la multitud se desenfrena y le escupe el rostro, sino cuando los hombres han agotado toda su maldad contra el santo Hijo de Dios: le han clavado en una cruz entre dos malhechores, le han despojado de sus ropas... Sólo le queda lo que nadie puede quitarle: su amor... ¡el divino amor!
"Padre, perdónalos…" En un momento en que cualquier otra persona habría concentrado sus pensamientos en sus propios sufrimientos, Jesús se interesa por sus verdugos, judíos y romanos, por el populacho, los soldados y los malhechores, y ruega a su Padre que les otorgue su divino perdón a pesar de la enormidad de su crimen. En verdad, ese crimen es el de toda la humanidad, por consiguiente ¿no es tanto el mío como el suyo? Pero, Jesús se ofrece por nuestros pecados y su muy poderosa oración pone al pecador arrepentido a cubierto de la cólera de Dios.
Mi querido lector, ¿usted es uno de esos arrepentidos y perdonados? Entonces somos hermanos.
(.)
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El verdadero sacrificio
Al hurgar la historia de la humanidad se observa en los vestigios de las diversas culturas indígenas, prácticas y costumbres comunes. Especialmente en el área de las creencias religiosas, una de esas prácticas fueron los "sacrificios"; seres humanos y animales eran inmolados con el propósito de alcanzar un favor especial de "los dioses". Se admite universalmente la idea de que la divinidad estaba irritada contra la sangre y carne del hombre, por lo cual no podía aplacarse la ira de los dioses, sino era con los mismos elementos. La idolatría fue entonces alimentada por un raciocinio diabólico que establecía que la eficacia del sacrificio estaba en directa relación con la víctima que se ofrecía, cayendo en el horrible asesinato de seres humanos y aún más atroz es pensar que en muchas culturas, se escogían niños inocentes que eran ofrecidos "por su pureza".
Uno de esos pueblos fueron los Chibchas, antiguos habitantes de la hoy hermosa Colombia, éstos cuando guerreaban, procuraban apresar a niños de sus enemigos, los cuales sacrificaban al sol. Algunos eran muertos inmediatamente, a otros los cuidaban con esmero y en la ocasión propicia, los degollaban y derramaban su sangre por el suelo y pintaban los postes creyendo en el poder expiatorio para agradar a su divinidad, luego sus cuerpos eran llevados a escarpados montes donde eran ofrecidos para que el sol los devorara.
La sangre de muchos niños fue derramada en la práctica de los sacrificios humanos como tributo o pago supersticioso a los ídolos.
Estos vestigios de un pasado sombrío y de ignorancia junto a la práctica de ofrecer sacrificios tiene su continuidad aún en nuestros días, el hombre busca aún formas de ofrecer "algo" a "alguien" que es superior. La religión se aprovecha del sentimiento interior de culpabilidad del hombre y apela a sus costumbres ancestrales, elaborando un complejo sistema en el que se mezcla lo "santo y lo pagano", sistema muy marcado especialmente en la cultura actual de muchos pueblos de América, sistema que incluye el sacrificio permanente de la misa y otras tradiciones humanas que nunca podrán acabar con la culpa del pecado.
¿Serán necesarios hoy los sacrificios?
La pasada y actual ignorancia sombría, se debe fundamentalmente al desconocimiento de la revelación de Dios en su Palabra. Dios no desea el sacrificio que el hombre pueda hacer: "Sacrificio y presente no te agrada; has abierto mis oídos; holocausto y expiación no has demandado." (Salmo 40: 6).
Es también cierto que Dios instruyó en su tiempo a su pueblo Israel respecto a los sacrificios y ofrendas que el pueblo ofrecía como carneros, bueyes, vacas, becerros, tórtolas, palominos o un cordero, pero toda esa instrucción detallada y rigurosa tenía un profundo simbolismo y propósito de fe, eran figuras que apuntaban al tiempo propicio del cumplimiento del verdadero y único sacrificio eficaz para liberar al hombre de la culpa del pecado original. El verdadero sacrificio no podía ser ofrecido por el hombre para el hombre ya que; "El sacrificio de los impíos es abominación: ¡cuánto más ofreciéndolo con maldad!" (Proverbios 21: 27) El verdadero sacrificio, sólo podía ser otorgado por Dios a favor de los hombres. "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3: 16).
Cuando Jesús descendió por las laderas del Jordán, Juan el bautista pronunció las palabras justas: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29). Cuando Cristo se ofreció a sí mismo como ofrenda aceptada por Dios por los pecados de la humanidad, se concretó el único y verdadero sacrificio perfecto y fue sólo por amor. Dios manifestó su amor por ti, por mí y por cada criatura.
Hoy ya no es necesario otro sacrificio, no hay otra ofrenda por el pecado, lo que, sí, es necesario para hacer efectivo el verdadero sacrificio, es quebrantar la vida y disponer el corazón al arrepentimiento de toda maldad y aceptar a Jesucristo y su obra de sacrificio hecha para nosotros una vez y para siempre. El salmista expresó; "Porque no quieres tú sacrificio, que yo daría; no quieres holocausto. Los sacrificios a Dios son el espíritu quebrantado: el corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios" (Salmo 51:16, 17). Y el libro a los Hebreos determina (capítulo 10): "Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados. … Así que, todo sacerdote se presenta cada día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados: Pero Jesucristo habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio para siempre, está sentado a la diestra de Dios".
David Horta Sepúlveda.
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Lo que nos enseña el Sacrificio de Cristo
Sabemos por las Sagradas Escrituras que Dios anunció después de la caída del Hombre el plan perfecto de Redención a favor de la humanidad; "Y enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar" (Gn 3:15). Desde ese día y a lo largo de la historia bíblica nos encontramos con las diversas figuras y tipos que revelan a Jesucristo.
Una de ellas son los diversos sacrificios que el pueblo de Israel realizaba. La palabra sacrificio en su esencia significa "ofrenda", o sea, es un regalo entregado por voluntad propia y en amor. Jesucristo se entregó por nosotros voluntariamente y con amor; "Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, mas yo la pongo de mí mismo" (Jn 10:17-18).
Entre los sacrificios del Antiguo Pacto estaba el holocausto (Lv 1:1-3), que en hebreo significa "subir a las alturas", en otras palabras, acceder a Dios. Una de las exigencias del holocausto es que el animal que se ofrecía debía ser sin defecto o tacha, de tal manera que su sangre fuera pura. Sólo Jesucristo pudo ser ofrecido como tal, ya que ningún ser humano podría cumplir el requisito de ser puro y sin defecto. La Palabra de Dios testifica: "con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación; ya ordenado de antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postrimeros tiempos por amor de vosotros" (1P 1:19-20).
Ayer y hoy el Hombre por sí mismo no tiene virtud alguna para acceder a Dios, el pecado rompió el acceso libre a Dios; pero cuando Cristo fue ofrecido en holocausto, fue acepto por el Padre Celestial. Hoy, los que estamos en Cristo, accedemos libremente por el camino que Cristo nos consagró, a saber, su sangre y precioso sacrificio en la cruz. (Heb 10: 20)
Lamentablemente muchos piensan hoy que acceden a Dios por medio de ritos y religión muerta, quemando fuegos extraños, desatendiendo el propósito del sacrificio de Cristo que fue hecho una vez y para siempre, y haciéndose desobedientes al mandamiento de Dios, tal cual como le sucedió al Rey Saúl (1S 13:8-14).
Otra característica relevante del holocausto como figura del sacrificio de Cristo fue el mandato de Dios que establecía que quien ofreciera voluntariamente animal en holocausto debía poner su mano en la cabeza del animal (Lv 1:4); sin duda alguna este acto sencillo, pero a la vez profundo, establecía algo preponderante en el ofrecimiento del sacrificio; guardaba la renunciación a sí mismo del ofrecedor para colocar la vida en lo que se entregaba a Dios. Un ofrecimiento que involucraba el ser entero. La Biblia nos enseña que los ojos de Dios están puestos en nuestros corazones. A Dios no se le puede engañar ni pretender hacerlo como lo hizo Caín al ofrecer un sacrificio en el cual él no estaba involucrado. En nuestro tiempo la dificultad mayor de muchos creyentes es la renunciación al yo, el sometimiento total de la vida al señorío de Jesucristo. Él está mirando nuestros corazones y clamando con ruegos a nuestra vida… "os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro racional culto" (Ro 12:1).
Pero también ese acto de colocar la mano sobre la cabeza del animal representaba la identificación con lo que se ofrecía. Un día cuando alzamos nuestra mano en necesidad, nos identificamos con el cordero de Dios y con su sacrificio expiatorio, ese día, Cristo entró a morar en nuestra vida para que su faz se revelara en nosotros mismos y para su gloria.
Querido hermano o hermana, el sacrificio eficaz pasa por la identificación de Cristo en tu vida. Permíteme hacer dos preguntas ¿hoy tu vida está plenamente identificada con Cristo? Y ¿se está cumpliendo el propósito del sacrificio de Jesucristo para Su propia glorificación en Ti? (2Co 4:6)
David Horta Sepúlveda
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Serie Biblia XXX:
Joel
Exaltación por el futuro día de Jehová (Isaías 2:12) es el mensaje principal que nos transmite este libro, de cuyo autor só1o se sabe que es hijo de Petuel (1:1) o Betuel, según el antiguo texto masorético. Se supone que fue escrito bajo el imperio persa, entre los siglos V y IV a.C.
Comienza describiéndonos la calamitosa situación en que se encuentra el pueblo hebreo debido a una plaga de langostas, tras la cual sobreviene una sequía extrema que dejó al país en tal hambruna, que hubo hasta que interrumpir el aporte de vino y cereales al culto religioso.
En este angustioso marco se asienta la profecía de Joel, quien nos relata que catastróficos acontecimientos precederán el futuro día del Señor, cuando Dios Todopoderoso juzgará a todos los habitantes de la Tierra; día de obscuridad y tinieblas para los gentiles y de bendición y extremo gozo para todos los que invoquen el nombre de Jehová
Se insta a los sacerdotes a convocar al pueblo judaico en asamblea en el Templo para ayunar y afligirse por la desobediencia a Dios, demostrando así un arrepentimiento verdadero. También se hace hincapié en los beneficios recibidos de Jehova y el perdón que Él concede a los que alaben al Señor Todopoderoso.
Igualmente el derramamiento del Espíritu Santo siglos después en Jerusalén el día de Pentecostés (Hechos 2:17-18) es una parte muy significativa del legado profético que Joel nos dejó a los cristianos de nuestro tiempo.
Este libro puede dividirse en cinco partes, a saber:
1) La Plaga de insectos, caps. 1:1-2.11 2) La Compasión de Dios, caps. 2:12-27 3) El Espíritu del Señor, caps. 2:28-32 4) Juicio de Dios, caps. 3:1-16 5) Juda triunfante, caps. 3:17-21
Fernando Torres
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Cómo comprendí lo que hizo Cristo
Escuché el Evangelio desde pequeño. Sabía que era pecador y que necesitaba salvación por medio de Jesucristo. No obstante, sólo lo sabía mentalmente pero no lo comprendía en el corazón.
Con la edad de 15 años asistí a un curso donde se enseñaba a jóvenes acerca de la Biblia. Allí entendí que ahora era el momento para entregar mi vida pecaminosa al Señor Jesús. Experimenté como él me perdonó por su muerte en la cruz en Gólgota y que por eso Dios Padre me aceptó como su hijo. Esto se llama en la Biblia el nuevo nacimiento.
Luego, unos años más tarde ya viviendo en el camino del Señor, leí una biografía de un misionero en Turkmenistán. Cuando él era joven su líder del grupo juvenil de la iglesia le aconsejó pedir a Dios cada día que le hiciera conocer su corazón. Pensé que este consejo también era bueno para mí y empecé a orar de la misma manera.
Dice la Biblia que todo lo que pedimos en el nombre de Jesucristo, es decir según su voluntad, lo hará (Juan 14:13-14). En verdad, escuchó mi oración y me mostró mi corazón. Me asusté mucho por que descubrí un montón de egoísmo.
Intentaba mejorar y amar a mi prójimo. Sin embargo, en todo lo que hacía descubría en el fondo un motivo egoísta. Un día estaba leyendo la primera epístola de Juan. Lo que entendí era: Es muy fácil ver si eres hijo de Dios o no. Si amas a los hermanos estás en él, pero si no, no tienes parte de él. Intentaba amar, pero no verdaderamente por amor, sino porque quería ser salvo, es decir, en el fondo sólo por mí - y esto no es amor, sino egoísmo.
La situación era totalmente desesperada. Estaba arrodillado en el suelo de mi cuarto y lloraba. Seguí leyendo en 1 Juan capítulo cuatro. Todo lo que leía me acusaba de culpable delante de Dios por el egoísmo que se hallaba en cada rincón de mí ser. Comprendí que esto era incompatible con la santidad y el amor de Dios. La desesperación crecía hasta que llegué al versículo 10:
"En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados."
En su gran misericordia el Padre Celestial no sólo me mostró mí corazón, como había pedido, sino también el suyo, es decir, el amor divino.
Dejé de luchar para mostrar a Dios que merecía su misericordia (porque no es así, nadie la merece) y acepté sin reservas su amor incondicional. Y su amor me llenó de alegría indescriptible y me libró para amar verdaderamente.
He aprendido también otras lecciones de lo que hizo Cristo, sin embargo, ésta ha sido la más importante de mi vida.
Hartmut (Cherito)
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Entre estudiantes:
Una cuenta pendiente
Mónica tiene a un compañero de estudios muy simpático, si no tuviera él ese entusiasmo exagerado en cuestiones de la fe…
Ella le dice a Jaime: "No me hables siempre de Jesucristo y esas historias. Yo también soy cristiana convencida, yo creo que Dios es el padre de todos nosotros; y que él es un padre bueno. Si yo tengo alguna necesidad puedo acudir directamente a él. Estoy segura de que no despreciaría la necesidad de su hija… Por eso, como digo, no me hacen falta esas historias de mediadores, santos, cristos, vírgenes, iglesias, etc."
Mónica, gracias por tu sinceridad. Te felicito por tu convicción personal y por mostrar entereza en expresar tu sentimiento, es decir, que no te hacen falta ni mediadores, ni santos, ni cristos, ni vírgenes, etc. y además que tienes la confianza de que Dios es un Dios y Padre bueno que escucha las oraciones. ¡Qué tremenda fe tienes tú!
A pesar de estimar mucho tu fe personal, quiero amonestarte para que no quedes atrapada por la idolatría. ¿Te sorprende mi temor? Pues sí; no te sospecho arrodillada ante un objeto formado por algún artesano, pero me temo que tú misma te estés moldeando tu propio dios, según tu fantasía y tus deseos. Estás soñando en un dios bonachón, que ama la paz y soslaya las discusiones…
Pero la verdad es que el Dios Verdadero, el Creador del cielo y de la tierra, es un Dios bueno y justo. No se corrompe simpatizando con la impiedad o cerrando los ojos ante la injusticia. Precisamente por su excelencia no puede ignorar que la raza humana todavía tiene una cuenta pendiente con Él. Es inútil decir que no es por nuestra culpa… Además sería deshonesto decirlo porque todos llevamos dentro el germen del pecado y no somos tan inocentes en nuestros actos como nos presentamos. ¡Admitamos que tenemos un problema todavía no resuelto con Dios, aunque es una realidad muy fea!
Mas existe también otra realidad, extremamente bonita. Y es que un miembro de nuestro linaje ya pagó el rescate. Su entrega es reconocida por Dios como liquidación de la completa deuda personal de cualquier persona que demuestre fe y aceptación hacia "El que pagó".
Mónica, tú tienes razón cuando dices que no necesitas a mediadores, santos y cristos (plural), pero tú -como todos nosotros- necesitas a Cristo, el Hijo de Dios. Él pagó la deuda que teníamos ante Dios. Y no hay otro en toda la historia humana, porque todos los demás tenían sus propias deudas en vez de tener con que pagar.
Supongo que Jaime, tu compañero de estudio, por un acto voluntario de fe ya entregó su vida a Jesucristo. Pregúntale cómo tú también puedes hacerlo. Para mayor y mejor información consulta la Biblia, y pídele a Dios en oración que Él se muestre a ti tal cual Él es.
Despidiéndome te deseo las bendiciones de Dios y también mucho éxito en tu carrera.
Juan
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