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Mensaje de Paz
Edición de Septiembre de 2007
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Índice
Bambú japonés
Crecer…
El crecimiento cristiano se logra día a día
Sola Gracia
Creciendo con el Autor de la Vida


Bambú japonés

No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante. También es obvio que quien cultiva la tierra no se para impaciente frente a la semilla sembrada, halándola con riego de echarla a perder ni gritándole con todas sus fuerzas: ¡crece!

Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo transforma en no apto para impacientes: Siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente. Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto, que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infecundas. Sin embargo, durante el séptimo año, en un periodo de sólo seis semanas la planta de bambú crece más de treinta metros.

¿Tardó sólo seis semanas en crecer? No, la verdad es que se tomó siete años y seis semanas para desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años.

Sin embargo, en la vida cotidiana, muchas veces queremos encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados, sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno, y que éste requiere tiempo... Quizás por la misma impaciencia, muchos de aquéllos que aspiran a resultados en corto plazo, abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta.

Encontrado en un boletín de Iglesia, Bolivia

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Crecer…

"Crecer" es un proceso fascinante. Los niños, las plantas, los animales… crecen.

Pero el crecimiento también puede amenazar. El cáncer crece, la mala hierba crece… Depende de su naturaleza si "crecer" es positivo o negativo.

¿Trigo o mala hierba?

En la vida de todos hay algo espiritual que crece, aumenta o para bien o para mal.

Por naturaleza todos somos pecadores. La semilla del mal crece y crecerá. La cosecha final del pecado será la muerte; no sólo la muerte física, sino la otra muerte que es sufrir el tormento eterno lejos de Dios (Mateo 25:41; Gálatas 6:8).

El Evangelio nos llama a la conversión, es decir, al cambio "de las tinieblas a Su luz admirable" (1Pedro 2:9). Esto es la única posibilidad para salir del círculo vicioso. Hay que entregar la vida al Señor Jesucristo.

La diferencia es grande entre lo que crece en la persona escarnecedora y lo que crece en el creyente. Vamos a analizarlo:

La mala hierba

¿Qué es lo que favorece el crecimiento de la mala hierba? El "abono" no es la ignorancia, sino la falsedad y la hipocresía. Pecar sin saberlo no compromete al alma, sino mentir conociendo la verdad, esto sí. El primer capítulo a los Romanos nos presenta de manera impresionante como el pecado degrada, peldaño a peldaño, al Hombre, mientras que su maldad crece, nudo a nudo.

Si contemplamos este mundo, la funcionalidad de todo lo creado, y usamos nuestro cerebro, sabemos que el que ideó todo esto, tiene que estar más allá del espacio y del tiempo. Ahora, quien no lo glorifica como Dios y no le da gracias, se rebaja a sí mismo y ensalza la falsedad. Como castigo, Dios mismo hace crecer en él una presuntuosa sabiduría que ahoga el discernimiento. Tal persona, en su aturdida religiosidad venerará como dios a imágenes, aves, cuadrúpedos y reptiles.

La mala hierba crecerá todavía más. El incrédulo elegirá por guía sus propios instintos. Así sustituye la sabiduría del Gran Dios por lo más vil que se encuentra en la creación afectada por el pecado.

¿Otro nudo más? Claro que sí, porque una vez rechazadas las verdades del Creador, incluso los instintos pervierten. Usará su cuerpo contra la natura, mujer con mujer y hombre con hombre. También tomará y ofrecerá a sus queridos, sustancias nocivas en vez de cosas sanas.

El mal no para. En fin, a alguien habrá que echar la culpa de la desdicha, entonces acusa y engaña sin percibir el dolor que está causando a otros. Además halla placer en los que practican cosas aún peores, sin tener en cuenta que Dios juzgará todo esto.

El buen trigo

El que nace de nuevo por creer y confiar en Jesucristo es "hijo de Dios". Ahora le toca ocuparse de las cosas de Dios para crecer en Él. Está preparado un "terreno", espiritualmente fértil para él, y es "la gracia". Al contrario sería que el creyente actúe con sus propios recursos, pero de esa manera desminuiría. Para crecer bien tiene que aprender que todo le viene de Dios, inmerecidamente. Su libro de texto, la Biblia, se lo dice claramente: "Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo" (2Pedro 3:18).

Otros nudos en su proceso de desarrollo son la humildad, la mansedumbre y la paciencia (Efesios 4:2). El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templaza (Gálatas 5:22).

Muchas veces unas situaciones desagradables o unos retos son como "abono" en su crecimiento espiritual. En la práctica esto significa soportarse unos a otros, perdonarse y buscar la paz con todos. Esto es posible porque Cristo vive en el corazón.

Y al final, el Señor dirá: "Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo…" (Mateo 25: 34).

Conclusión

¿Cuál es mi situación?

Recuerde que no es suficiente "querer también" ser trigo. Hay que acudir a Cristo. Hay que nacer de nuevo. Anímese para acercarse a Él, contándole toda su vida.

Estimado lector, que su cosecha sea la vida eterna con el Señor (Gálatas 6:8).

Juan

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El crecimiento cristiano se logra día a día

Las cosas no iban bien. Por el contrario, suponía que de mal en peor. Una discusión con su esposa, un cruce de palabras bastante molesto con un compañero de trabajo y una ira contenida que quiso desfogar con alguien con quien tropezó camino de la oficina. Estaba a punto de estallar. No soportaba la presión. Y lo que más angustia le despertaba era que él era cristiano.

Pregúntese cuántas veces ha experimentado una situación como la del relato. Las circunstancias varían, pero la sensación es la misma. Es probable incluso que está decidido a renunciar a su vida cristiana. ¿Las razones?

Nuestra condición de seguidores de Jesucristo, sin embargo, no nos exime de fallar. Por el contrario, es previsible que incurramos en errores dentro del proceso de crecimiento espiritual y personal.

No podemos sujetarnos a los esquemas

Muchos se imaginan, por ejemplo, que un cristiano no puede tener miedo y no puede errar. Piensan que "la bendición de Dios" siempre le hace triunfar y estar bien.

Este hecho me lleva a recordar a Job: Pese a su fidelidad a Dios, en algún momento afrontó una situación dificil. Perdió a su familia, sus propiedades e incluso, la buena salud. Inmerso en ese duro trance, le visitaron tres amigos: Elifaz, Bildad y Zofar. Venían a expresarle solidaridad, y a la vez a infundirle ánimo. Pero el saludo fue peor que una mala noticia.

Elifaz le dijo: "Tal vez no puedas aguantar que alguien se atreva a decirte algo, pero ¿quién podría contener las palabras? Tú, que impartías instrucción a las multitudes y fortalecías las manos decaídas; tú, que con tus palabras sostenías a los que tropezaban y fortalecías las rodillas que flaqueaban; ¡ahora que afrontas las calamidades, no las resistes!" (Job 4:1-5).

¿Por qué razón Job no podía estar triste? Acaso experimentar una depresión le restaba méritos a su condición de creyente fiel a Dios? ¿En qué cita bíblica decía que, a pesar de su rectitud, delante del Señor no podía sentirse desanimado o quizá pensar que no valía la pena seguir adelante?

Es probable que usted esté pasando por una situación similar. Permítame decirle que el peor sendero que podría tomar, sería el de volver atrás. Usted y yo hemos profesado fe en el Señor Jesús y sabemos que nuestra fortaleza proviene de Él, incluso cuando las circunstancias se ponen difíciles.

El mundo espera que demostremos la fe

No todas las crisis obedecen al pecado. Es previsible que las personas que nos rodean, e incluso hermanos en la fe de nuestras congregaciones, asocien una crisis personal con el pecado. En ese aspecto se asemejan a Elifaz cuando le dijo a Job: "¡Ponte a pensar! ¿Quién que sea inocente ha perecido? ¿Cuándo se ha destruido a gente íntegra? La experiencia me ha enseñado que los que siembran maldad cosechan desventura" (versículos 7 y 8). ¡Otro gran error! No siempre los problemas son el producto de la maldad o el pecado en que incurrimos. Hay hechos circunstanciales que llegan a nuestra vida y son pruebas tras las cuales nos fortalecemos en la fe y en nuestra personalidad.

Lo más fácil es juzgar. Señalar. Decirle a alguien que está en serias dificultades por su propia culpa. Y usted, en particular, no se deje condicionar por el qué dirán ni lo que han dicho.

Es hora de reemprender el camino

Si usted es un cristiano en crisis, le animo a no dejarse vencer por las adversidades. Es hora de revisar dónde estuvo el error, volver la mirada a Jesucristo y reemprender el camino. Esa es la actitud de un vencedor. Jamás olvide que como cristianos, crecemos cada día. Es un proceso. Y estamos llamados a vencer.

(adaptado) F. Alexis Jiménez, En la Calle Recta n° 205

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Experiencia:

Sola Gracia

Cuando en Brasil tomé contacto con el protestantismo me sentí profundamente emocionado por la "sola gracia". ¡Todo es gracia solamente! Entonces comprendí por qué todos esos años en el convento me había atareado en vano para extirpar mis pecados. Siempre había pensado que lo tenía que hacer yo mismo, con la ayuda de la gracia, que entonces la veía como una energía extra de Arriba. Pero ahora comprendí por la Biblia que se lo debía dejar hacer al Señor.

Cuando ya entré en el protestantismo de nuevo noté mucho "el hacer uno mismo". Eso me extrañó muchísimo. Yo preguntaba y me pregunto: ¿Cómo concuerda eso con la "sola gracia" y la "sola praedestinatione"?

Juan escribe: "De Su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia" (Jn. 1:16). Efectivamente, la gracia sólo la puedes recibir. Lo único que tú puedes hacer es estar abierto a la gracia. Y si puedes hacer esto, también eso es gracia. El Espíritu Santo abre las ventanas de tu corazón para que tú admitas la gracia. El Espíritu Santo es el que hace receptivo todo tu ser. ¿Y cómo lo hace? Te quiere tranquiliza, internamente. La gente estresada ve muy difícil que Dios por Cristo está a favor de ellos para colmarlos de Sus regalos. Ese sosiego lo hallamos en la humilde confianza de que Él nos quiere regalar todo. En la Palabra de Dios somos estimulados a orar por tal sensibilidad. "Y Samuel dijo: Habla porque tu siervo oye" (1Samuel 3:10). Pero, ¿no se parlotea demasiado entre nosotros? Siempre estamos a punto con un texto bíblico o con un argumento teológico. ¿Cómo vas a poder escuchar todavía la voz del Señor? Si uno ha puesto la radio a toda voz, es del todo posible que no oiga cuando lo llamen por el timbre. Así tampoco escucharemos el llamar de Jesús a la puerta de nuestro corazón (Apocalipsis 3:20), cuando dentro de nosotros hay tanto ruido.

En la Biblia el ofrecimiento para recibir la gracia y la orden de aceptarla van de la mano. Por esto haz silencio en ti mismo. Inténtalo al menos. Vale la pena. Porque si el Señor Jesús entra en ti, es fiesta. Entonces Él va a preparar una riquísima comida para ti. Y esa comida contiene un solo ingrediente: Él Mismo. Él se da a comer a Sí Mismo como el Pan de Vida. Brinda por nosotros: "Esta copa es el Nuevo Pacto en mi sangre" (1Corintios 11:25). Sí, entonces se recibe una y otra gracia sobre gracia. Es un permanecer en silencio junto a Él, un disfrutar de Él, en amor y absoluta confianza en Él.

Viniendo a la fe venimos a estar bajo otro régimen. Esto significa que ya no estamos bajo la ley.

Para poder comprenderlo mejor, Pablo utiliza en Romanos 7:1-6 la comparación con una mujer a la que se le ha muerto su marido. Entonces ella es libre de casarse con otro hombre. Pero toda comparación tiene sus inconvenientes. Pablo no quiere decir con esta comparación que la ley ha muerto.

Naturalmente, nosotros queremos cumplir la ley lo más estrictamente posible, pero no porque la ley lo exija o nos amenace. Ahora amamos la ley desde adentro, porque desde nuestro nuevo nacimiento somos de Cristo y sólo vemos la ley que se cumple por la vida de É en nosotros. En Él vemos la perfecta belleza de la ley. Y porque le amamos a Él tan intensamente, con toda nuestra naturaleza guardamos también la ley.

Con mucha razón el apóstol Pedro amonesta: "Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo" (2Pedro 3:18).

(adaptado) H.J. Hegger, En la Calle Recta N° 187

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Creciendo con el Autor de la Vida

"Soy un alma solitaria… Asumo toda la responsabilidad por mi situación presente. He perdido mi deseo de vivir". Tras escribir estas palabras en una nota anunciando su suicidio, Brad Delp, el famoso cantante de la banda de rock Boston, puso fin a su vida a principios de marzo de este año. El cantante, que había entretenido a tantos jóvenes y había disfrutado del éxito artístico por muchos años, decidió que ya no tenía razones para vivir.

En nuestros días se ha vuelto tan común ver a muchas personas, incluso jóvenes, que se preguntan si vale la pena seguir viviendo. Quizá tú también en algún momento has sentido que habías "perdido el deseo de vivir". Hay muchas personas, jóvenes y mayores, que cansadas de la rutina y la falta de propósito, quisieran poder comenzar su vida de nuevo.

La Biblia llama al Señor Jesucristo el Autor de la vida y nos dice que Él quiere darnos una vida en verdad satisfactoria y plena. Jesús dice "Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia" (Juan 10:10). Esta "vida abundante" es el único antídoto contra la depresión que ocasiona la falta de propósito en la existencia del ser humano.

El Creador nos ha dado la vida para disfrutarla, con alegrías, pruebas, tropiezos y victorias. Pero para gozar de esta vida superior ciertamente hay que comenzar de nuevo. Esto sólo es posible al renunciar a vivir nuestra propia vida y al entregarnos al Señor Jesucristo. Entonces ocurre un "nuevo nacimiento" en nuestro espíritu, el cual nos capacita para hacer frente con esperanza y victoria a los desafíos de la vida.

Una vez que hemos dado ese decisivo paso de fe y que experimentamos el nuevo nacimiento, vemos la vida de manera diferente. Es entonces que se hacen realidad para nosotros estas palabras habladas por el Señor Jesucristo: "El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva" (Juan 7:38). Esa corriente de agua viva se lleva nuestras frustraciones y fracasos. Somos libres para crecer bajo la mirada misericordiosa del Autor de la vida.

Si ya has dado este paso de fe y has entregado tu vida a Cristo, ahora tienes todos los recursos para vivir una vida en constante crecimiento, una vida que de seguro tendrá nuevos obstáculos y pruebas, pero que en verdad produce resultados, frutos, extraordinarios. Jesús dice: "Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer." (Juan 15:5) Lo que nos queda por hacer es simplemente permanecer, por la obediencia, en el Señor Jesús.

La Biblia nos enseña: "Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento" (Eclesiastés 12:1). La elección está ante nosotros. Si escogemos bien, si permanecemos en Cristo, nunca perderemos el deseo de vivir. La verdadera vida, la vida que da Dios, es una aventura constante y creciente.

José Yelincic

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