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MDP Archivo 2008 Abril 08

Mensaje de Paz
Edición de Abril de 2008
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Índice
Estima restablecida
¿Nacer otra vez?
Estamos en Cristo
Siete veces "con Cristo"

Sofonías
Un vacío que con nada podía llenarse
Cómo alcanzar autoestima


Estima restablecida

Muchas personas se sienten insignificantes en este mundo. No tienen voz en las decisiones, sólo deben obedecer, rendirse y padecer. Ante este hecho sufren tremenda impotencia. Lógicamente se sienten frustradas y el concepto que tienen de sí misma decae siempre más.

Algunos reaccionan - para no estar en la última posición - subyugando a los demás hasta con intrigas y abusos. ¡Qué tragedia! ¡Cuáles traumas se producen en las víctimas! Y muchos son a la vez autor y víctima. Esta lucha por la estima es un círculo vicioso.

¡Cuán diferente es el plan de Dios! Él no hace distinción de personas, cada alma le vale más que todos los tesoros del mundo.

¿Cómo es posible que Dios nos ame de tal manera a nosotros viles pecadores, impuros, falsos, hipócritas, homicidas, etc.? Si Dios nos honrase con su simpatía, Él sería injusto ya que se haría cómplice de nuestros delitos. Dios es perfectamente justo y aborrece toda injusticia.

¡A ver cómo el amor de Dios venció este obstáculo!

Dios prefirió que su propio Hijo sufriera en lugar de todos los humanos, y satisficiera así Su justicia. Y así hizo: Jesucristo, el Hijo de Dios voluntariamente cargó sobre su cuerpo el pecado de todos nosotros, y pagó con su sangre el castigo de todos, para que cada delito cometido por la raza humana recibiera la debida pena. De esta manera calmó y satisfizo la perfecta justicia de Dios. ¡Su amor fue más fuerte que la muerte!

Ahora cualquiera que se somete voluntariamente a este amor llega a ser beneficiario. Gratuitamente Dios lo declara justo, ya que el castigo de su pecado está pagado completamente. Y Dios mantiene su justicia.

En Jesucristo no sólo hay perdón, hay también una rehabilitación completa. El creyente es considerado entonces por Dios como si nunca hubiera tenido o cometido pecado. ¡Qué honor!

En esta edición de Mensaje de Paz queremos invitar a los lectores que creen la Palabra de Dios a aceptar - humildemente - tal honor. Es inmerecido, por supuesto, pero ofrecido por amor. Tal conocimiento acrecentará la gratitud hacia Dios, sanará el concepto que el creyente tiene de sí mismo y mejorará por mucho la estima hacia el prójimo.

(.)

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¿Nacer otra vez?

Nicodemo formaba parte de los personajes más destacados de Jerusalén. Era miembro del consejo nacional del gobierno judío, y pertenecía a las clases sociales más acomodadas de su tiempo. Tenía una amplia formación cultural y religiosa. Era ante todo, un experto en reglas, tradiciones y normas jurídico-religiosas. Por todo esto, consideraba demasiado humillante declararse seguidor de un maestro tan poco popular. Se acercó a Jesús de noche, y le dijo:

- Rabí, sabemos que has venido como maestro, porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si Dios no estuviera con él.

Jesús le respondió:

- El que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios (Juan 3:1-18).

Para el nacimiento de la primera vez nadie nos pide nuestra opinión. Pero el segundo nacimiento se basa en una decisión libre y personal. La primera vez la recibimos de nuestros padres, la segunda nos la ofrece el Señor Jesucristo. Sin embargo, la primera vida es de carácter temporal, mientras que la segunda permanece para siempre.

Nicodemo le preguntó a Jesús:

- ¿Cómo se puede nacer otra vez?

El nuevo nacimiento no se podía conseguir con el cumplimiento estricto de las normas y tradiciones que la gran mayoría de los creyentes fariseos practicaban. No se trata de hacer penitencia sino de reconciliarse con Dios. Nicodemo ignoraba que el hecho de creer implica mantener una relación personal con el Creador a través de Jesucristo como único Mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2:3-6).

Y es que el nuevo nacimiento no es algo que se nos exige, sino que es algo que Dios nos da solamente por medio de la fe. No depende tanto de un esfuerzo humano, sino de la manifestación de la gracia de Dios en las vidas de los creyentes que responden libremente a la invitación de aceptar a Jesucristo como su Salvador personal (Hechos 4:11-12).

El error de Nicodemo consistía en pensar que por su nacimiento como israelita, se consideraba seguro de tener un lugar en el reino de Dios. Según su opinión no necesitaba cambio alguno en su vida de creyente. Este mismo error lo cometen cientos de miles de creyentes en nuestros días. Desde la óptica del Evangelio carece de sentido el pertenecer a una determinada religión, y no mantener una comunión personal con Dios (Juan 14:13-14). La vida espiritual no depende tanto del conocimiento que tengamos acerca de Dios, sino de la calidad de nuestra relación personal con Él.

El creyente que ha nacido de nuevo es el que ama a Dios sobre todas las cosas, y a su prójimo como a sí mismo (1 Juan 4:7-2 12).

J. Álvarez, EN LA CALLE RECTA N° 188

 

El nuevo nacimiento es algo que Dios nos da solamente por medio de la fe en Jesucristo.

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Estamos en Cristo

Siete veces "con Cristo"

 

Ya no vivo yo.

1. Crucificado con Cristo: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí…" (Gl 2:20). Aunque todavía tengo la inclinación y toda la capacidad para pecar, este impulso, "el cuerpo carnal" o "naturaleza pecaminosa" (Col 2:11) está clavado en la cruz con Cristo. El conocimiento de Cristo y la obediencia a Él lo mantiene inactivo, así que no puede actuar como le es propio. "Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne" (Gl 5:16). "Estar juntamente crucificado con Cristo" es una posición y actitud en nuestro combate de fe. Es abandonar el terreno carnal y volver siempre al terreno espiritual. Es buscar la honra de Dios, y no la propia.

PREGUNTA: ¿Qué es lo que va galopando a rienda suelta en mi vida, la preocupación por mi propio honor o por el honor de Dios?

El "hombre viejo murió" significa que "yo morí".

2. Muerto con Cristo: "Si uno murió por todos, luego todos murieron…" (2 Co 5:14). "Yo por la Ley morí para la Ley, a fin de vivir para Dios" (Gl 2:19). ¿Qué es lo que significa esta verdad fundamental?

Nacimos pecadores y por naturaleza teníamos que pecar, no había alternativa. Era una obligación. Practicamos el pecado, si no el adulterio, era el orgullo. Éramos esclavos del amo "pecado". Esta "obligación" dentro de nosotros es definida como "el hombre viejo". No podíamos escapar.

En tal situación nos llega el Buen Anuncio: ¡Morimos! El esclavo muerto ya no está obligado a obedecer. Tampoco tiene que responder ante ninguna Ley. Con estos términos se describe la liberación del pecador. No solamente sus pecados le son perdonados, sino también está librado (murió) de la regla que obliga a los hijos de Adán a pecar.

Ignorar tal verdad sería fatal. Lo compararía con un esclavo liberado que está tan traumatizado que no entiende que está libre, y aún se mata trabajando. Nosotros pertenecemos a un dueño nuevo: somos de Cristo. Pero hay que reivindicar por fe esta posición: "Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Ro 6:11). Pero, lo que todavía vive, es nuestra carne.

Nuestra vieja obligación - el viejo hombre - ya no existe. Podemos contar con la plena victoria; Cristo vive en nosotros.

Aclaración: "el viejo hombre" y "nuestra carne" no son idénticos, ni jurídica ni teológicamente. Fíjese en el uso que hacen las Escrituras de los dos términos.

PREGUNTA: ¿Cuál es la voluntad de Dios, que el pecado reine en el creyente o que el creyente practique lo que es justo y bueno?

El testarudo desapareció.

3. Sepultado con Cristo: "porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo…" (Ro 6:4). Con la sepultura y con el bautismo el cuerpo desaparece de la superficie. El criticón de antes, el testarudo, el hipócrita - todo lo que éramos sin Cristo - desaparece cuando estamos en Cristo (inmersión).

PREGUNTA: ¿Cómo me perciben mis semejantes, aún como el "viejo" egoísta?

Tengo vida eterna.

4. Resucitado con Cristo: "Aún estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo" (Ef 2:5). Un muerto no puede darse a sí mismo la vida. De igual manera es completamente imposible que una persona pueda agradar a Dios o merecerse sus favores. Completamente imposible. Y si Dios nos da la vida eterna y nos resucita para gloria eterna juntamente con Su Hijo, esto es por pura gracia. "Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con Él…" (Ro 6:8).

PREGUNTA: ¿Le doy cada día gracias al Señor por haberme dado la vida eterna?

Puedo vivir una nueva vida.

5. Vivificado con Cristo: A la "resurrección con Cristo" sigue una vida nueva que no comprende solamente el "derecho al cielo", sino incluye una nueva manera de vivir aquí en la tierra, es decir, "andar en vida nueva" (Ro 6:4). "Andad como hijos de luz" (Ef 5:8). "No podemos dejar de dar testimonio de Jesucristo…" (Hch 4:20).

PREGUNTA: ¿He perdonado a todos mis deudores y amo a los que me odian?, porque esto es una faceta de la vida nueva.

Estamos en otra posición.

6. Con Cristo nos hizo sentar en los lugares celestiales (Ef 2:6): "Vosotros, en cambio, os habéis acercado… a Dios… a Jesús, Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel" (Heb 12:23-24). Tenemos otra perspectiva y tenemos acceso al trono de Dios.

PREGUNTA: ¿Sé encomendar mis preocupaciones al Señor, o estoy angustiado como si yo no tuviera voz en el cielo?

Cuando se manifiesta lo que hemos de ser

7. Reinaremos con Cristo: "¿No sabéis que los santos han de juzgar al mundo?… ¿No sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? (1 Co 6:2,3). "Vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar… los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, ni recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años" (Ap 20:4).

PREGUNTA: ¿Estoy acusando a hermanos, o quejándome de ellos, olvidando que quien espera del cielo a su Señor - y habrá de juzgar a los ángeles - no debería enredarse en rivalidades terrenales y carnales?

Mi estimado hermano lector: ¡Ocupemos nuestra posición en nuestro amado Señor Jesucristo!

Juan

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Serie Biblia XXXVII:

Sofonías

Sofonías profetizó durante el reinado de Josías. Era hijo de Cusi y su tatarabuelo tenía el mismo nombre del rey Ezequías. A pesar de la coincidencia del nombre y de las fechas, los hechos históricos no confirman fehacientemente su parentesco con el citado monarca.

Sofonías vivió en una época de convulsión teológica en que la fe en Dios se había pervertido y el paganismo había deteriorado grandemente la religiosidad del pueblo judío.

El fundamento de la profecía de Sofonías se basa en la proximidad del día grande de Jehová, cuando Su ira consumirá a todos Sus enemigos e impartirá justicia a Su pueblo humilde y pobre que invocará entonces Su nombre y quedará definitivamente libre de toda cautividad.

En un principio su profecía arremete contra el comportamiento de Judá quien acusa de ser la causa de la ira de Jehová contra todo lo existente. De ese desastre sólo se salvarán los que busquen a Jehová en el día de Su furor.

Más adelante fustiga a las ciudades filisteas vecinas de Gaza, Asca1ón, Asdod y Ecrón anunciándoles su destrucción.

Por último anuncia que el remanente del pueblo israelita sobrevivirá y que Jehová salvará a Su pueblo humilde reuniéndolo de nuevo en Jerusalén.

Este libro puede dividirse en tres partes, a saber:

I. El día grande de Jehová (1:1-18)
II. Juicio contra las naciones vecinas (2:1-15)
III. El pecado de Jerusalén y su redención (3:1-20)

Fernando Torres

 

En aquel tiempo se dirá a Jerusalén: "¡No temas, Sión, que no se debiliten tus manos!" Jehová está en medio de ti; ¡él es poderoso y te salvará! Se gozará por ti con alegría, callará de amor, se regocijará por ti con cánticos..." Sofonías 3:17

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Un vacío que con nada podía llenarse

Soy de Guadiana, provincia de Badajoz. Quiero relatar mi testimonio para gloria y honra de Dios, y también para que todo aquel que lo lea y aún no lo tenga a Él en su corazón, le sirva de inspiración para buscarlo en tanto que pueda ser hallado.

En el pasado viví una vida normal. Tuve una infancia feliz, rodeado de mis padres y hermanos. Cuando joven me casé, pero mi matrimonio no funcionó, quizá porque los dos éramos aún demasiado jóvenes para afrontar una responsabilidad tan grande como la de ser padres. Nos separamos. Yo busqué amigos por mi cuenta, ella también se marchó buscando una nueva vida. Los niños se quedaron conmigo y con mis padres. Yo me divertía todo lo que podía en consonancia con mi juventud, pero cuando volvía a casa sentía un vacío que con nada podía llenarse.

Un día me ofrecieron un trabajo en Obras Públicas. Allí también trabajaba el pastor de una iglesia, quien me habló del Señor y de lo que había hecho en su vida, y me invitó a una de las reuniones. Cuando llegué me senté despreocupado, esperando. Pero de pronto el Señor mudó mi corazón y fui transformado. Todo lo que allí se hablaba era la Palabra viva del Señor directa a mi corazón; su Palabra como espada de doble filo que penetra hasta lo más profundo del ser, convenciendo de que somos pecadores y mostrando la salvación que se encuentra solamente en Cristo y su muerte en la Cruz.

Ahí comenzó todo. Desde entonces han pasado veinte años, y puedo decir que jamás el Señor me ha fallado. Para mí el vivir es Cristo; sigue habiendo problemas, pero ya la carga es más liviana compartida con mi Señor. Ya no hay más soledad porque el Señor ha prometido que estará con nosotros todos los días hasta el fin (cf. Mateo 28:20). Fiel es el que lo ha dicho, el cual lo hace y siempre lo hará (cf. 1 Tesalonicenses 5:24). Que Él guíe vuestros pasos hacia la suprema meta. Solamente Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

Ignacio Vicente González
El Heraldo del Pueblo N° 217

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Cómo alcanzar autoestima

Cuando hablamos de autoestima estamos hablando necesariamente de una relación con otro, si bien el diccionario dice que es una valoración generalmente positiva de sí mismo. Esta valoración debe desarrollarse, para un cristiano, conforme a la medida de fe que Dios nos ha dado a cada uno. Y la fe, dice la Biblia en Hebreos 11:1, es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve.

Ahora bien, la fe viene por el oír, pero no por el oír cualquier cosa sino la Palabra de Dios. ¿Y qué dice la Palabra acerca de mi autoestima? Porque si mi autoestima debe desarrollarse conforme a mi fe ¿en qué debo tener fe para mejorar mi autoestima? Leamos lo que dice la Biblia acerca de usted y de mí: "Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1 Pedro 2:9).

Bien, creer en esto implica una buena medida de fe. Uno de los principales obstáculos de la autoestima es el oír al enemigo que nos acusa a cada instante haciéndonos recordar las cosas malas que hemos hecho, y por lo tanto dudar que somos lo que la Biblia dice que somos.

Pero sigamos leyendo la Palabra a ver qué dice de esto en el versículo que sigue: "Ustedes antes ni siquiera eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios; antes no habían recibido misericordia, pero ahora ya la han recibido" (1 Pedro 2:10 ).

Esa misericordia que hemos recibido al recibir a Jesucristo en nuestro corazón es la que nos permite creer ahora que somos lo que la Palabra afirma que somos: linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios. Ya no somos sólo creaciones de Dios, ¡ahora somos hijos escogidos!

Amigo, empiece a creer de usted, no lo que usted piensa de sí, sino crea lo que la Palabra afirma que usted verdaderamente es. Y eso se cree por fe. Dice la Palabra de Dios en Romanos 12:3 "Por la gracia que se me ha dado, les digo a todos ustedes: Nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le haya dado".

Así, para que esa autoestima que viene por la fe permanezca, es necesario que no la echemos a perder con lo que viene de nosotros mismos, porque del corazón del hombre salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, la inmoralidad sexual, los robos, los falsos testimonios y las calumnias. El peligro de guiarse por el propio corazón para generar autoestima es caer en el orgullo que se señala 2 Co 10:12 "No nos atrevemos a igualarnos ni a compararnos con algunos que tanto se recomiendan a sí mismos. Al medirse con su propia medida y compararse unos con otros, no saben lo que hacen."

Entonces, amigo, ¡a tener fe! O lo que es lo mismo: ¡a levantar esa autoestima! Créale a Dios, y verá cuan hermosa es la vida bajo la protección divina. Lo notará en su relación con otros, cuando Dios le haga hallar gracia ante los ojos de ellos.

Y si no lo ve, pues a los que les falta fe, es a ellos. Usted mídase conforme a lo que está escrito y no a la opinión popular ni mucho menos a su propia opinión. ¿Quién mejor que quien lo creó (Dios) sabe lo que usted verdaderamente es?

¡Que Dios aumente su fe! ¡Y haga brillar su autoestima! ¡Dios le bendiga!

Hugo Alberto Díaz

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